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El SAT le puso precio a la certeza: lo que revela la queja de 300 empresas de EU

Un grupo que representa a 300 empresas estadounidenses, entre ellas Amazon, Ford y Walmart, denunció ante el Senado de Estados Unidos una fiscalización "sin precedentes" del SAT. El episodio, en plena revisión del T-MEC, expone una tensión que va más allá de lo tributario: quién paga el costo de financiar al Estado mexicano sin ahuyentar la inversión que sostiene el nearshoring.

Durante años, la relación entre el fisco mexicano y las multinacionales estadounidenses operó bajo un acuerdo tácito: auditorías previsibles, márgenes de negociación razonables y una administración tributaria que, sin ser generosa, tampoco convertía el cumplimiento fiscal en un obstáculo para invertir. Ese acuerdo tácito se rompió, o al menos así lo percibe una parte sustancial del capital estadounidense que opera en el país. El 15 de agosto se conoció que el National Foreign Trade Council (NFTC), organismo que agrupa a cerca de 300 empresas —entre ellas Amazon, Ford, ExxonMobil, FedEx, Walmart y Visa—, envió una carta al Comité de Finanzas del Senado de Estados Unidos calificando el actuar del Servicio de Administración Tributaria (SAT) como una fiscalización "sin precedentes" que amenaza con desincentivar la inversión y la creación de empleo en México.

No es un episodio aislado ni una escaramuza diplomática menor. Ocurre en medio del proceso de revisión anual obligatoria del T-MEC, que arrancó formalmente el 1 de julio y que Estados Unidos decidió no renovar en su forma tradicional, sustituyendo la certidumbre de un tratado a largo plazo por un esquema de revisiones año con año hasta 2036. En ese contexto, cualquier fricción entre gobiernos o entre autoridades y empresas deja de ser un asunto doméstico y se convierte en munición para la negociación comercial. La pregunta de fondo no es si el SAT tiene o no razón en sus auditorías; es qué le cuesta a México, en términos de competitividad, que ese debate llegue al Capitolio en el peor momento posible.

La acusación no es nueva, pero el tono sí

Las quejas de empresas extranjeras contra la agresividad recaudatoria del SAT no son un fenómeno reciente. Lo distinto esta vez es el canal y la escala. La carta del NFTC, fechada el 30 de julio y firmada por Tiffany Smith, vicepresidenta de política comercial global del organismo, fue dirigida directamente a los legisladores estadounidenses con mayor peso en materia fiscal y comercial: el senador republicano Mike Crapo, presidente del Comité de Finanzas, y el demócrata Ron Wyden, la voz de mayor rango de la oposición en ese mismo comité. Elegir ese destinatario, en ese momento, no es casualidad: es una señal deliberada de que el sector privado estadounidense quiere que la fiscalización mexicana forme parte de la conversación sobre el futuro del T-MEC.

El reclamo específico se concentra en dos frentes. Primero, la negativa o demora sistemática en deducciones que las empresas consideran legítimas. Segundo, auditorías que el organismo describe como "dudosas y agresivas", en el sentido de que amplían el universo de operaciones revisadas y elevan la carga probatoria sobre el contribuyente sin que exista, según el NFTC, un criterio consistente de aplicación. El texto reconoce, de manera explícita, el Acuerdo 68/2026 emitido por el SAT en mayo, y admite que atiende parcialmente algunos de los problemas señalados. Pero sostiene que, en la práctica, el resultado neto ha sido un régimen de administración tributaria que impone cargas crecientes sobre las multinacionales estadounidenses, más allá de lo que la ley contemplaba hasta hace poco.

La respuesta oficial y la brecha de percepción

La Secretaría de Hacienda y Crédito Público no tardó en responder. El mensaje central de su defensa es que el SAT ha reducido, no ampliado, la carga administrativa sobre los contribuyentes cumplidos: el plazo de resolución para devoluciones de saldo a favor bajó de los 40 días que marca la ley a menos de 30 días para los trámites procedentes, una reducción cercana al 25%. La autoridad también argumenta que ha migrado hacia un modelo de fiscalización basado en riesgo, concentrando las revisiones en las operaciones de mayor probabilidad de incumplimiento, que ahora se realiza una sola auditoría por contribuyente en lugar de múltiples revisiones simultáneas, y que las solicitudes de información se han acotado a muestras representativas en vez de exigir el cien por ciento de la documentación.

Ambas versiones pueden ser ciertas al mismo tiempo, y ahí está el problema. Que el SAT haya acelerado los plazos de devolución no contradice que, en paralelo, haya intensificado el escrutinio sobre deducciones específicas o esquemas de precios de transferencia que antes pasaban con menor fricción. Una administración tributaria puede mejorar su eficiencia operativa —los tiempos de respuesta— mientras endurece simultáneamente su criterio sustantivo —qué deducciones acepta y bajo qué condiciones—. Para el contribuyente, lo que importa no es el promedio de días de espera, sino el resultado final de la auditoría. Y ahí es donde la queja del NFTC adquiere sentido: no se trata de burocracia lenta, sino de un fisco que interpreta la ley de manera más restrictiva que antes.

El dilema estructural detrás de la fiscalización

Lo que hace este episodio relevante más allá del intercambio de comunicados es que expone una tensión fiscal que México no puede resolver con ajustes cosméticos. La recaudación tributaria del país sigue siendo estructuralmente baja frente a estándares de la OCDE, y el margen para elevarla mediante una reforma fiscal integral —ampliar la base, gravar la informalidad, revisar exenciones— ha sido políticamente evitado durante años, en este y en gobiernos anteriores. Ante esa restricción, la vía de menor resistencia política es intensificar la fiscalización sobre los contribuyentes que ya están dentro del sistema y que, por su tamaño y visibilidad, ofrecen el mayor rendimiento recaudatorio por unidad de esfuerzo administrativo: las grandes multinacionales.

El problema es que esa misma base de contribuyentes es, en gran medida, la que sostiene el relato de éxito económico que el gobierno mexicano ha construido en torno al nearshoring. México captó 23,591 millones de dólares en inversión extranjera directa durante el primer trimestre de 2026, un máximo histórico y un incremento de 10.4% respecto al año anterior, impulsado en buena medida por la relocalización de cadenas de suministro hacia territorio mexicano. Ese flujo de capital no llega por generosidad ni por cercanía geográfica exclusivamente: llega porque, hasta ahora, la ecuación de costos, certidumbre regulatoria y acceso al mercado estadounidense ha sido favorable. Cuando la certidumbre regulatoria empieza a erosionarse —o simplemente a percibirse como erosionada— esa ecuación cambia, incluso si el resto de las variables permanece intacto.

Nearshoring no es un flujo garantizado, es una apuesta condicional

Existe una tendencia, tanto en el discurso oficial como en buena parte del análisis periodístico, a tratar al nearshoring como un fenómeno geográfico casi automático: la proximidad con Estados Unidos, los costos laborales relativos y las tensiones comerciales con China convierten a México en un destino inevitable para la relocalización industrial. Esa lectura ignora que la decisión de invertir es, ante todo, una decisión financiera sujeta a un cálculo de riesgo ajustado por rendimiento. La proximidad geográfica no compensa una fiscalización impredecible; en todo caso, la hace más costosa, porque implica que el capital que ya cruzó la frontera queda más expuesto a las decisiones discrecionales de una autoridad fiscal local.

Las empresas que firman la carta del NFTC no son actores marginales ni oportunistas buscando evadir impuestos: son compañías con décadas de operación en México, con inversión de capital fijo ya hundida en el país, que difícilmente van a desinvertir de la noche a la mañana. Pero la señal que envían —y el canal que eligieron para enviarla— importa para las decisiones de inversión futuras, las que todavía no se han tomado. Un fondo de private equity o una empresa manufacturera evaluando dónde ubicar su próxima planta no lee un comunicado de Hacienda sobre plazos de devolución reducidos; lee que un grupo de las compañías más grandes del mundo consideró necesario escalar su queja al Senado de Estados Unidos. Esa es la métrica de riesgo que se incorpora al costo de capital, no el promedio oficial de días de trámite.

El T-MEC como caja de resonancia

El momento en que se presentó esta carta no es casual, y ahí radica buena parte de su peso político. La revisión anual del T-MEC, que sustituyó al esquema de revisión sexenal original, coloca a México en una posición de escrutinio permanente frente a Estados Unidos y Canadá. Cada fricción bilateral —sea comercial, migratoria, energética o, como en este caso, fiscal— se convierte en un insumo potencial para las negociaciones de la siguiente ronda de revisión. El NFTC lo sabe, y por eso dirige su queja no a un tribunal fiscal mexicano ni a un mecanismo de solución de controversias comercial, sino directamente al Congreso estadounidense, donde se define el capital político que respalda —o no— la continuidad del tratado en términos favorables para México.

Esto no significa que la fiscalización del SAT vaya a convertirse en un tema central del T-MEC; es improbable que derive en un panel de solución de controversias o en sanciones comerciales directas. Pero sí alimenta una narrativa más amplia, ya presente en Washington, sobre México como un socio comercial que combina beneficios estructurales —mano de obra, cercanía, integración productiva— con fricciones regulatorias crecientes: fiscalización agresiva, cambios en reglas energéticas, incertidumbre jurídica en sectores específicos. Cada elemento de esa narrativa, por separado, es manejable. Acumulados, erosionan el argumento de que México es un destino de inversión más seguro que sus competidores en la relocalización de manufactura, como Vietnam o India.

Lo que el episodio deja ver sobre la política fiscal mexicana

Más allá del resultado específico de esta disputa —que probablemente se resuelva con ajustes administrativos y un tono más conciliador de ambas partes en los próximos meses—, el episodio funciona como una radiografía de una decisión de política pública que México no ha discutido abiertamente: financiar el gasto creciente del Estado sin una reforma fiscal estructural implica, necesariamente, exprimir con mayor intensidad a los contribuyentes que ya están dentro del sistema formal. Las multinacionales estadounidenses, por su tamaño, su visibilidad y su incapacidad de operar en la informalidad, son el objetivo más eficiente de esa estrategia desde una perspectiva puramente recaudatoria.

El riesgo es que esa eficiencia de corto plazo tenga un costo de largo plazo que no aparece en ningún reporte trimestral de recaudación: la percepción, cada vez más extendida entre el capital extranjero, de que operar en México implica una fiscalización menos predecible que la de otros destinos de inversión comparables. México puede seguir presumiendo cifras récord de inversión extranjera mientras simultáneamente construye, auditoría tras auditoría, las razones por las que esas cifras dejen de ser récord en los próximos años. La pregunta que debería ocupar a Hacienda no es cómo redactar el siguiente comunicado de respuesta, sino si el modelo de recaudación actual es compatible con la promesa de certidumbre que el país necesita sostener frente a un T-MEC que ya no garantiza nada por defecto.

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