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La industria mexicana creció 2.4% en julio. Los propios empresarios llevan 28 meses sin creérselo

El Indicador Mensual de la Actividad Industrial de México creció 2.4% anual en julio, su mejor racha reciente. En el mismo periodo, la confianza empresarial acumula 28 meses de deterioro, el IMEF manufacturero lleva 29 meses en contracción, y México cayó siete lugares en el ranking de competitividad del IMD. Los cuatro indicadores son oficiales, verificables y, en apariencia, incompatibles entre sí.

Cuatro indicadores oficiales sobre la economía mexicana, todos publicados o vigentes en las últimas semanas, cuentan cuatro historias que a primera vista no pueden ser ciertas al mismo tiempo. El Indicador Mensual de la Actividad Industrial de INEGI muestra que la industria mexicana creció 2.4% anual en julio, extendiendo cuatro meses consecutivos de variaciones positivas, con la construcción avanzando 7.3% y la manufactura 1.6% frente al año anterior. El Indicador Global de Opinión Empresarial de Confianza, publicado por la misma institución, acumula 28 meses consecutivos de deterioro, con 18 meses seguidos por debajo del umbral que separa el optimismo del pesimismo. El Indicador IMEF Manufacturero lleva 29 meses en zona de contracción. Y el ranking de competitividad mundial del IMD ubicó a México en el lugar 62 de 70 economías este año, una caída de siete posiciones frente a 2025. ¿Cómo puede una economía estar produciendo más mes con mes mientras sus propios empresarios se sienten, de manera consistente y prolongada, cada vez más pesimistas al respecto?

El error de pensar que un indicador "miente" cuando otro "dice la verdad"

La reacción intuitiva frente a esta aparente contradicción es buscar cuál de los cuatro indicadores está equivocado, como si la tarea del analista fuera identificar al impostor entre datos oficiales igualmente verificables. Esa intuición es, casi siempre, la equivocada. El IMAI mide volumen de producción física —cuántas unidades, cuántos metros cuadrados de construcción, cuántas toneladas de manufactura salieron efectivamente de las líneas de producción durante el mes—. El IGOEC y el Indicador IMEF miden algo categóricamente distinto: percepción y expectativa, la disposición subjetiva de quienes toman decisiones de inversión y contratación a futuro. Un empresario puede estar produciendo más este mes que el anterior —cumpliendo pedidos ya comprometidos, operando plantas que ya existen— mientras simultáneamente se siente cada vez menos dispuesto a comprometer capital nuevo en expandir esa misma capacidad, precisamente por las condiciones que observa alrededor: inseguridad, incertidumbre regulatoria, un entorno macroeconómico que no termina de convencerlo. No son dos mediciones de la misma variable con resultados distintos; son dos variables distintas que, en un ciclo económico saludable, deberían moverse en la misma dirección, y que llevan más de dos años sin hacerlo.

Lo que el IMEF ya no puede explicarse solo con "es un índice de difusión"

Vale la pena ser precisos sobre por qué el Indicador IMEF puede mostrar contracción mientras el IMAI muestra crecimiento, porque la explicación técnica —que el IMEF es un índice de difusión, no de nivel— es cierta pero incompleta si se usa para descartar la señal. Un índice de difusión como el IMEF pregunta a los responsables de compras de un panel de empresas si su actividad mejoró, empeoró o se mantuvo igual respecto al mes anterior, y construye su lectura a partir de la proporción de respuestas en cada categoría; un valor por debajo de 50 significa que más empresas reportan deterioro que mejora, incluso si el nivel absoluto de producción de la economía sigue siendo positivo. Es matemáticamente posible, y no contradictorio, que la mayoría de las empresas encuestadas reporten condiciones ligeramente peores mes con mes —sosteniendo el IMEF en contracción durante 29 meses— mientras el crecimiento agregado de esas mismas empresas, ponderado por tamaño y sector, siga siendo positivo en el IMAI. Lo que esa distinción técnica no explica, sin embargo, es la persistencia: 29 meses es un plazo demasiado largo para tratarse de ruido estadístico normal alrededor de una tendencia neutral. Una mayoría sostenida de empresas reportando deterioro relativo, mes tras mes durante casi dos años y medio, mientras el agregado crece, sugiere una economía donde el crecimiento se está concentrando de forma cada vez más desigual entre un número reducido de empresas o sectores, dejando a la mayoría con la sensación —correcta, desde su propia perspectiva individual— de que las cosas no mejoran.

Lo que el IMD añade: no es solo percepción doméstica

Si la brecha entre el IMAI y los índices de confianza domésticos pudiera explicarse enteramente como un sesgo de percepción de los empresarios mexicanos —demasiado pesimistas frente a datos objetivamente buenos—, el ranking de competitividad del IMD debería moverse en la dirección contraria, o al menos mantenerse estable. No lo hizo: México cayó siete lugares, de la posición 55 a la 62 entre 70 economías evaluadas, con su peor calificación histórica en eficiencia gubernamental (lugar 67) y un deterioro pronunciado en infraestructura (lugar 64). Ese ranking no se construye a partir de encuestas de opinión de empresarios mexicanos sobre su propio estado de ánimo, sino de una combinación de datos duros —desempeño económico, en el que México sí ocupa una posición razonable, lugar 39— y evaluaciones comparativas de instituciones, infraestructura física y marco regulatorio frente a otras 69 economías del mundo. Que el desempeño económico bruto de México (posición 39) contraste tan marcadamente con su eficiencia gubernamental (posición 67) y su infraestructura (posición 64) es, en cierto sentido, la misma historia que cuentan el IMAI y el IMEF contada con otro vocabulario: la economía mexicana produce, pero el entorno institucional en el que produce se sigue deteriorando, y ese deterioro institucional es precisamente la variable que determina si el crecimiento actual es una base sobre la que construir, o una meseta que se erosiona desde abajo mientras la producción todavía no lo refleja.

Por qué esta brecha importa más que cualquiera de los cuatro números por separado

Para cualquier persona que tome decisiones de inversión, contratación o expansión de capacidad en México, la pregunta relevante no es cuál de estos cuatro indicadores creer, sino qué hacer con la información de que todos son simultáneamente ciertos y apuntan en direcciones distintas. La respuesta más razonable no es ignorar el IMAI porque el IMEF y la confianza empresarial pintan un panorama más sombrío, ni ignorar estos últimos porque la producción sigue creciendo: es reconocer que la economía mexicana está, en este momento específico, operando con un motor de producción que todavía funciona sobre inversión y capacidad ya comprometida en el pasado, mientras el indicador que anticipa las decisiones de inversión futura —la confianza empresarial— lleva más de dos años enviando una señal de alarma sostenida que el crecimiento actual todavía no refleja, pero que razonablemente debería reflejar con el tiempo si esa desconexión entre percepción y producción no se corrige. Los índices de confianza y de difusión existen, precisamente, porque anticipan giros en el ciclo económico antes de que aparezcan en los datos de producción agregada; ignorarlos porque "el IMAI todavía crece" es exactamente el tipo de error de lectura que ha dejado a analistas, en ciclos económicos anteriores en distintos países, sorprendidos por desaceleraciones que sus propios datos de percepción ya habían anticipado con meses de anticipación.

La disciplina de leer indicadores en conjunto, no en aislamiento

La lección de fondo, para cualquier analista o tomador de decisiones que trabaje con series económicas mexicanas, no es que existan indicadores "buenos" e indicadores "malos" entre los cuales elegir según convenga a la narrativa que se quiera sostener, sino que ningún indicador individual —por oficial y bien construido que esté— captura por sí solo el estado completo de una economía. El IMAI cuenta la historia de lo que ya se produjo; el IMEF y el IGOEC cuentan la historia de lo que los propios productores esperan que ocurra después; el IMD cuenta la historia de qué tan bien preparado está el entorno institucional para sostener esa producción hacia adelante. Las tres historias son parciales, verificables y, en este momento específico de la economía mexicana, apuntan en direcciones que todavía no han convergido. Esa falta de convergencia —no la cifra positiva del IMAI ni la cifra negativa del IMEF por separado— es la señal más honesta que los datos disponibles ofrecen hoy sobre hacia dónde se dirige realmente la economía mexicana en los próximos trimestres. Cualquier reporte interno, presentación a un consejo de administración o tesis de inversión que se apoye en un solo indicador de este conjunto para justificar una decisión —"la producción sigue creciendo, no hay de qué preocuparse" o "los empresarios están pesimistas, hay que frenar toda inversión"— está, por diseño, descartando dos terceras partes de la evidencia disponible, precisamente la evidencia que en ciclos anteriores ha demostrado anticipar mejor los puntos de inflexión que la producción agregada por sí sola.

Fuentes

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