Business

Cuando baja la inflación, empieza la verdadera prueba para las empresas mexicanas

La inflación de julio cayó a 3.12%, su menor nivel desde 2020. El dato es favorable, pero también elimina una de las excusas más cómodas para esconder un problema más profundo: la baja productividad.

La inflación baja no salvará a las empresas mexicanas de su problema de productividad

La inflación general en México cerró julio en 3.12% anual, después de cuatro meses consecutivos de desaceleración. El dato, publicado por el INEGI y reportado el 10 de agosto, representa el nivel más bajo desde mayo de 2020. En términos mensuales, el Índice Nacional de Precios al Consumidor apenas aumentó 0.03%, el menor incremento para un mes de julio desde 2013.

La caída tuvo, sin embargo, un protagonista específico: la inflación no subyacente. Los precios agropecuarios y energéticos retrocedieron con fuerza y arrastraron hacia abajo al índice general. La inflación subyacente, que excluye los componentes más volátiles y suele ofrecer una lectura más útil de las presiones persistentes, se ubicó en 3.95% anual, aunque también lleva seis meses moderándose.

Para los consumidores, la noticia es positiva. Para el Banco de México, es una señal que permite pensar en una política monetaria menos restrictiva. Para las empresas, significa algo todavía más incómodo: el entorno deja de justificar tan fácilmente los aumentos de precios, pero tampoco garantiza que aparezca crecimiento. La economía mexicana enfrenta una combinación menos espectacular y más difícil de gestionar: inflación descendente, actividad débil y productividad prácticamente estancada.

Ese es el verdadero significado del dato de julio. México no está entrando simplemente en una etapa de precios más estables. Está entrando en una etapa en la que las empresas tendrán que competir menos mediante ajustes nominales y más mediante eficiencia real. Y ahí aparece la pregunta que debería preocupar mucho más a los consejos de administración que la inflación del próximo mes: ¿qué ocurrirá cuando ya no sea posible trasladar los costos al consumidor y la productividad siga sin responder?

El alivio de la inflación puede esconder una economía débil

La primera tentación es interpretar el 3.12% como una victoria completa. Sería prematuro.

El descenso es real y significativo, pero una parte importante provino precisamente de los componentes que pueden cambiar rápidamente. El INPC no subyacente registró una caída mensual de 2.04% en julio y una variación anual de apenas 1.11%, frente a 3.95% de la inflación subyacente.

Eso importa porque una empresa no puede construir su estrategia de largo plazo suponiendo que los precios de frutas, verduras, combustibles o determinados energéticos continuarán bajando. Una cosecha favorable puede reducir temporalmente el precio de los alimentos; una disrupción climática puede hacer exactamente lo contrario. Lo mismo ocurre con los energéticos.

El dato más interesante, por tanto, no es que la inflación general esté en 3.12%. Es que la inflación subyacente todavía se encuentra por encima de la meta de 3% del Banco de México.

La diferencia parece pequeña. Para un director financiero, no lo es.

Durante un periodo de inflación elevada, una empresa puede aumentar precios y atribuir parte de la expansión nominal de sus ingresos al entorno. Cuando la inflación disminuye, esa posibilidad se reduce. El crecimiento de ventas tiene que venir cada vez más de volumen, participación de mercado, innovación, productividad o una combinación de las cuatro.

La economía también ofrece una señal incómoda. La OCDE proyecta que México crecerá apenas 0.8% en 2026, antes de alcanzar 1.8% en 2027. El organismo señala que la inversión privada se recuperará gradualmente y que la incertidumbre doméstica, comercial y global continuará pesando sobre la actividad.

La inflación está bajando. El crecimiento, no necesariamente.

Y esa combinación es mucho menos cómoda para las empresas de lo que parece.

La productividad es el indicador que debería ocupar la portada

Hay un dato que merece más atención que el 3.12%.

En el primer trimestre de 2026, el Índice Global de Productividad Laboral de la Economía, medido con base en horas trabajadas, registró una caída trimestral de 0.1% y apenas creció 0.1% a tasa anual. En las actividades secundarias cayó 0.3%; en las terciarias no presentó variación.

La fotografía es reveladora: México puede estar consiguiendo estabilidad de precios sin haber resuelto su problema estructural de generación de valor por trabajador.

No es una distinción académica. Productividad significa cuánto valor puede generar una empresa con una determinada cantidad de trabajo, capital, energía, infraestructura y tiempo. Cuando aumenta, una compañía puede pagar mejores salarios, invertir más, reducir costos o mejorar sus márgenes sin depender exclusivamente de subir precios.

Cuando no aumenta, las opciones se vuelven mucho más desagradables.

La empresa puede subir precios y perder demanda. Puede reducir costos y deteriorar la operación. Puede contener salarios y perder talento. Puede endeudarse para invertir. O puede aceptar márgenes más estrechos.

Por eso la inflación descendente puede convertirse en una prueba de competitividad. Mientras los precios subían rápidamente, muchas ineficiencias podían quedar ocultas dentro de una expansión nominal. En un entorno cercano a 3%, esa protección desaparece.

La pregunta ya no es cuánto cuesta producir.

Es cuánto valor puede producir una empresa con lo que tiene.

El verdadero campo de batalla será el margen

Para una compañía mexicana, una inflación menor puede reducir costos de insumos, transporte o financiamiento conforme disminuyan las tasas de interés. Pero también limita el espacio para aumentar precios.

Eso cambia los incentivos.

En un mercado con inflación elevada, una compañía puede trasladar parte de un incremento de costos al consumidor. En un mercado estable, el consumidor tiene más capacidad para comparar precios y cuestionar incrementos que no estén respaldados por una mejora evidente del producto o servicio.

La competencia, por tanto, se vuelve más transparente.

El comercio minorista ofrece un ejemplo evidente. Una cadena que durante años compitió mediante promociones y aumentos selectivos de precios tendrá que entender con mayor precisión qué productos generan tráfico, cuáles destruyen margen y qué clientes responden realmente a cada incentivo.

Aquí la ciencia de datos deja de ser una disciplina decorativa.

Modelos de demanda, elasticidad de precios, segmentación, pronósticos, optimización de inventarios y sistemas de recomendación pueden convertirse en instrumentos financieros, no simplemente tecnológicos. Una mejora de algunos puntos básicos en disponibilidad, desperdicio o margen puede valer más que otro proyecto corporativo de transformación digital.

La paradoja es que muchas empresas han comprado tecnología antes de resolver el problema que querían solucionar.

La inteligencia artificial no corrige un proceso mal diseñado. Un LLM no convierte automáticamente datos deficientes en decisiones correctas. Un dashboard más sofisticado tampoco transforma una organización que sigue tomando decisiones por intuición.

La productividad empieza antes del algoritmo.

La inteligencia artificial llega justo cuando el margen se vuelve más difícil

Aquí aparece la conexión menos obvia entre la inflación mexicana y la inteligencia artificial.

La discusión empresarial sobre IA suele concentrarse en modelos, agentes, copilotos y capacidades técnicas. Pero el incentivo económico fundamental es mucho más sencillo: hacer más con los mismos recursos.

La evidencia empieza a ser suficientemente concreta para tomarla en serio. Un estudio publicado en The Quarterly Journal of Economics, basado en 5,172 agentes de atención al cliente, encontró que el acceso a asistencia generativa de IA incrementó en promedio 15% los problemas resueltos por hora, aunque los efectos variaron significativamente entre trabajadores.

No significa que una empresa vaya a ser 15% más rentable simplemente instalando un chatbot. Precisamente ahí está la diferencia entre adoptar tecnología y transformar una operación.

McKinsey estima que los casos de uso de IA generativa podrían generar entre 2.6 y 4.4 billones de dólares anuales de valor económico a escala global, concentrándose aproximadamente tres cuartas partes del potencial en atención al cliente, marketing y ventas, ingeniería de software e investigación y desarrollo.

Pero la misma evidencia empresarial muestra una brecha considerable entre experimentar con IA y obtener resultados económicos. En una encuesta de McKinsey, sólo 1% de los líderes describía a su organización como madura en el despliegue de IA, mientras que la mayoría de las compañías apenas comenzaba a integrar la tecnología en sus procesos.

Ese será uno de los grandes filtros competitivos de los próximos años.

No ganarán necesariamente las compañías que tengan los modelos más sofisticados. Ganarán las que sepan rediseñar sus operaciones alrededor de ellos.

La próxima ventaja competitiva no será tener IA, sino reorganizarse alrededor de ella

Durante décadas, las empresas acumularon sistemas, procedimientos y capas de aprobación. Cada nueva tecnología se incorporó sobre las anteriores.

El resultado son organizaciones con ERP, CRM, data lakes, aplicaciones móviles, hojas de cálculo, bots, dashboards y cientos de procesos que nadie se atreve a eliminar porque "siempre se han hecho así".

La IA introduce una pregunta incómoda: ¿por qué ese proceso necesita existir de esa manera?

La diferencia es crucial. Incorporar un LLM para redactar correos puede ahorrar minutos. Rediseñar completamente el proceso de atención al cliente para que un agente de IA clasifique solicitudes, consulte información, proponga una respuesta, ejecute acciones y escale únicamente las excepciones puede modificar la estructura completa del costo operativo.

La OCDE estima que la IA podría aportar entre 0.4 y 1.3 puntos porcentuales anuales adicionales al crecimiento de la productividad laboral en economías del G7 con alta exposición a la tecnología, aunque los resultados dependen de la adopción y de factores complementarios.

Eso último es fundamental para México.

La tecnología no viaja sola. Necesita infraestructura, capital, talento, datos confiables, procesos y capacidad de gestión. De hecho, la OCDE encuentra que las empresas más productivas tienden a presentar mayores niveles de uso de IA, aunque también advierte que las ventajas no pueden atribuirse exclusivamente a la tecnología.

En otras palabras, la IA puede ser causa de productividad, pero también puede ser consecuencia de organizaciones que ya saben gestionar mejor.

El consumidor también cambia cuando la inflación se normaliza

La otra transformación ocurre del lado de la demanda.

Cuando la inflación deja de erosionar rápidamente el ingreso real, el consumidor puede recuperar cierta capacidad de planificación. Pero eso no significa necesariamente que vaya a gastar más. Si el crecimiento económico es débil y la incertidumbre laboral permanece elevada, puede utilizar ese margen para ahorrar, pagar deuda o buscar mejores precios.

Para las empresas, eso implica una paradoja.

El consumidor puede estar mejor protegido frente a la inflación y, al mismo tiempo, ser más exigente con cada peso gastado.

El resultado favorece a las compañías capaces de personalizar ofertas, anticipar demanda y entender patrones de comportamiento. También castiga a las que dependen de promociones generalizadas porque no conocen suficientemente bien a sus clientes.

En ese escenario, los datos se convierten en una infraestructura competitiva.

Una empresa que conoce la elasticidad de cada categoría, el comportamiento de cada segmento y la rentabilidad de cada cliente puede reducir precios donde necesita ganar volumen y mantenerlos donde existe disposición a pagar. Una empresa que no lo sabe termina aplicando descuentos indiscriminadamente.

La primera está utilizando analítica.

La segunda está subsidiando su propia ignorancia.

El Banco de México puede bajar tasas; las empresas tendrán que ganarse el crecimiento

El descenso de la inflación también abre espacio para una política monetaria menos restrictiva. Banco de México mantenía la tasa objetivo en 6.50% en su decisión de junio, después de haberla reducido en marzo y mayo.

Menores tasas pueden ayudar a la inversión y al consumo. Pero sería un error confundir condiciones financieras más favorables con crecimiento automático.

El FMI proyecta para México un crecimiento real de 1.2% en 2026 y precios al consumidor de 3.9%, mientras que su evaluación de 2025 ya advertía que el crecimiento potencial depende de cerrar brechas de infraestructura, fortalecer el Estado de derecho y profundizar la integración comercial.

El problema, entonces, excede a la política monetaria.

México puede tener inflación controlada, tasas descendentes y acceso privilegiado al mercado estadounidense y, aun así, crecer poco si las empresas no consiguen elevar su productividad.

El nearshoring tampoco es suficiente por sí mismo. Exportar más computadoras, autopartes o manufacturas puede aumentar la actividad, pero el verdadero beneficio económico aparece cuando la inversión genera capacidades locales, mejores proveedores, capital humano, innovación y mayor valor agregado.

La pregunta estratégica para México no debería ser solamente cuántas empresas nuevas llegarán.

Debería ser cuánto más productivas serán las empresas que ya existen.

La oportunidad está en convertir la deflación de costos en inversión

El riesgo más interesante del nuevo entorno es que las empresas interpreten la caída de la inflación únicamente como una oportunidad para reducir gastos.

Sería una lectura demasiado corta.

Si los costos energéticos o de ciertos insumos disminuyen y las condiciones financieras mejoran, una parte de ese alivio debería convertirse en inversión productiva: automatización, infraestructura de datos, capacitación, software, investigación, logística y rediseño de procesos.

La alternativa es distribuir todo el beneficio entre precios más bajos y márgenes ligeramente mejores.

Eso puede funcionar durante un trimestre. No construye una ventaja competitiva.

Las empresas mexicanas tienen ahora una ventana particularmente interesante. El entorno inflacionario se normaliza, la inteligencia artificial reduce el costo de determinadas tareas cognitivas y el acceso a herramientas digitales es cada vez más amplio. Pero la ventaja no durará indefinidamente.

Cuando una tecnología se vuelve accesible para todos, deja de ser una ventaja por sí misma.

Lo escaso vuelve a ser la capacidad organizacional para utilizarla.

Ese es probablemente el punto más importante que deja el dato de julio. La inflación de 3.12% es una buena noticia para México, pero también elimina una capa de ruido que durante años permitió confundir crecimiento nominal con creación real de valor.

Ahora la competencia queda más expuesta.

Una empresa que consiga vender más sin subir precios, operar con menos desperdicio, responder más rápido, tomar mejores decisiones y elevar el valor generado por empleado tendrá una ventaja que no depende de la inflación.

Y una empresa que no lo consiga tendrá cada vez menos lugares donde esconder esa carencia.

La inflación puede seguir bajando. Las tasas pueden seguir bajando. Incluso los costos tecnológicos pueden seguir bajando.

Lo que no puede seguir bajando indefinidamente es la productividad.

La pregunta para los próximos años no será cuánto crecerán los precios, sino quién será capaz de crecer cuando los precios dejen de hacerlo.

Sigue leyendo 01 / 05

← Volver al blog