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La manufactura mexicana lleva 29 meses seguidos en contracción, y nadie en el discurso oficial lo está diciendo

El Indicador IMEF de agosto muestra que la manufactura mexicana acumula 29 meses consecutivos en zona de contracción, mientras el índice no manufacturero retrocedió de 49.6 a 48.7 puntos. La cifra contrasta con el discurso de inversión récord y nearshoring que domina la conversación pública sobre la economía mexicana.

El Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas publicó, el 1 de septiembre, su Indicador IMEF de agosto: el componente manufacturero se mantuvo en 49.7 puntos, exactamente igual que en julio, y por debajo del umbral de 50 puntos que separa expansión de contracción desde hace 29 meses consecutivos. El componente no manufacturero, que veinte años de historia del indicador han tratado como el termómetro de servicios y comercio, retrocedió de 49.6 a 48.7 puntos, alejándose todavía más de la neutralidad. Son cifras que no aparecieron en ningún discurso oficial de la semana pasada, ni en el Segundo Informe de Gobierno del 1 de septiembre, que privilegió la inversión extranjera récord y los ingresos fiscales históricos. La pregunta que esa ausencia deja abierta no es si el gobierno mintió —no lo hizo, las cifras que presumió también son reales— sino por qué la conversación pública sobre la economía mexicana puede sostener dos historias tan distintas sin que ninguna de las dos desmienta a la otra.

Veintinueve meses no son ruido estadístico

Un solo mes por debajo de 50 puntos podría explicarse como variación normal dentro de un sector que fluctúa mes a mes. Veintinueve meses consecutivos —más de dos años y medio de manufactura mexicana operando, en promedio, con menos actividad que el mes anterior— dejan de ser ruido y se convierten en una tendencia estructural que cualquier lectura seria de la economía mexicana tiene que incorporar. La cifra no significa que la manufactura mexicana esté colapsando: el índice mide la dirección del cambio mes a mes, no el nivel absoluto de producción, así que un país puede tener una base industrial considerable y sofisticada mientras esa base, mes tras mes, produce ligeramente menos que el periodo anterior. Pero la persistencia de la señal —29 lecturas seguidas en la misma dirección— es precisamente lo que la distingue de una anomalía pasajera.

La contradicción que solo lo parece

La aparente contradicción entre una inversión extranjera directa récord de 34,968 millones de dólares en el primer semestre —presumida apenas la semana pasada en el Segundo Informe— y una manufactura que lleva casi tres años contrayéndose se resuelve en cuanto se examina qué mide cada indicador. La IED registra decisiones de capital: una empresa extranjera decide instalar una planta, ampliar una existente o reinvertir utilidades dentro del país. El Indicador IMEF mide algo distinto y más inmediato: si las fábricas que ya operan en México, sean de capital nacional o extranjero, están fabricando más o menos que el mes pasado. Son preguntas complementarias, no contradictorias, pero la distancia entre ellas explica por qué es posible sostener un discurso de éxito de inversión mientras el pulso operativo del sector que en teoría debería beneficiarse de esa inversión sigue débil. El capital puede estar llegando o comprometiéndose sin que la actividad productiva actual todavía lo refleje, especialmente si buena parte de ese capital corresponde a reinversión de utilidades —como documentó la propia cifra oficial, donde 88.5% de la IED del semestre fue justamente eso— en lugar de plantas nuevas que ya estén produciendo a plena capacidad.

Lo que el componente no manufacturero revela y que rara vez se discute

Si la contracción manufacturera prolongada ya es una señal preocupante, el deterioro del índice no manufacturero —de 49.6 a 48.7 puntos entre julio y agosto— añade una dimensión que suele quedar fuera del análisis centrado solo en fábricas: el sector de servicios y comercio, que representa una porción mayor del PIB mexicano que la manufactura, también se está alejando de la zona de expansión, no acercándose a ella. La lectura habitual del nearshoring como motor de crecimiento se concentra casi exclusivamente en el sector industrial —naves logísticas, parques industriales, manufactura de exportación—, pero si el sector de servicios que rodea y sostiene esa actividad manufacturera también pierde tracción, la narrativa de que basta con que lleguen fábricas para que el resto de la economía se acomode alrededor de ellas empieza a mostrar grietas.

Por qué el nearshoring no ha sido suficiente, todavía

El argumento más común para explicar por qué México debería estar creciendo más rápido de lo que sugieren estos indicadores es el nearshoring: la relocalización de cadenas de suministro hacia México como resultado de las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China. Ese fenómeno es real y verificable en los datos agregados de inversión de los últimos cinco años. Pero 29 meses de contracción manufacturera sugieren que, hasta ahora, el nearshoring ha operado más como un flujo de decisiones de inversión de mediano y largo plazo —terrenos comprados, plantas en construcción, contratos firmados— que como un impulso inmediato a la producción manufacturera medida mes a mes. La brecha entre ambas velocidades no es necesariamente una falla del fenómeno: construir, equipar y poner en operación una planta nueva toma años, no meses, y es razonable que el efecto agregado sobre la producción tarde en manifestarse en los indicadores de coyuntura. Lo que sí exige más escrutinio es cuánto tiempo más puede sostenerse ese desfase antes de que la promesa de nearshoring empiece a perder credibilidad frente a series de datos que, mes tras mes, siguen sin mostrarlo.

El riesgo de que la política pública lea la cifra equivocada

El Paquete Económico 2027, que Hacienda debe entregar al Congreso este 8 de septiembre, va a tener que construirse sobre supuestos de crecimiento que necesariamente incorporan, de una forma u otra, una lectura de hacia dónde va la actividad manufacturera y de servicios en los próximos meses. Si el diseño de ese paquete se apoya predominantemente en la narrativa de inversión récord —que es cierta pero mide algo distinto— en lugar de incorporar con seriedad la señal de 29 meses de contracción manufacturera y el deterioro reciente del sector no manufacturero, corre el riesgo de proyectar ingresos fiscales o crecimiento del PIB más optimistas de lo que la actividad económica actual está, en la práctica, sosteniendo. Un supuesto de crecimiento demasiado optimista en un paquete fiscal no es un error cosmético: se traduce directamente en una brecha entre el ingreso proyectado y el ingreso real, la misma brecha que después obliga a recortes de gasto no planeados a mitad de año fiscal.

Lo que las empresas mexicanas ya están reportando en el terreno

Los propios reportes que acompañan la publicación mensual del Indicador IMEF han sido consistentes en describir un patrón específico: la fase de mayor debilidad del ciclo parece haberse moderado respecto a los peores meses del año, pero los avances recientes han perdido fuerza y todavía no hay señales firmes de una expansión sostenida. Es una descripción más matizada que un simple "la economía se está desacelerando": sugiere una economía que dejó de caer con la velocidad que mostraba antes, pero que tampoco ha encontrado el impulso necesario para cruzar de forma sostenida hacia territorio de expansión. Para cualquier empresa mexicana que esté decidiendo su plan de inversión o contratación para 2027, esa lectura —estancamiento con piso, no recuperación con techo— es probablemente más útil que cualquiera de los dos discursos extremos, el optimista basado en inversión récord o el pesimista basado únicamente en la racha de contracción.

Por qué comparar contra Estados Unidos hace la brecha más incómoda, no menos

Una forma habitual de contextualizar cualquier indicador manufacturero mexicano es compararlo contra su equivalente estadounidense, dado el grado de integración de las cadenas de suministro entre ambos países bajo el T-MEC. Ese ejercicio, sin embargo, no ofrece consuelo: el índice ISM manufacturero de Estados Unidos registró 54.6 puntos en agosto, firmemente en zona de expansión por octavo mes consecutivo, aunque con una desaceleración de un punto frente a julio. La divergencia es notable —mientras la manufactura estadounidense se expande de forma sostenida, la mexicana lleva 29 meses sin cruzar hacia ese mismo territorio— y complica la explicación de que la debilidad mexicana responda simplemente a un ciclo industrial norteamericano compartido. Si el socio comercial del que México depende más directamente para su actividad manufacturera de exportación está en expansión y México no, la pregunta se desplaza de nuevo hacia factores domésticos: costo de la energía industrial, seguridad en corredores logísticos, disponibilidad de mano de obra calificada, y qué tanto de la inversión de nearshoring que llega al país se está traduciendo, o no, en órdenes de producción reales para la planta industrial ya instalada.

La pregunta que ninguna cifra aislada puede responder

Ni la inversión extranjera récord ni los 29 meses de contracción manufacturera cuentan, por sí solos, la historia completa de la economía mexicana de 2026. Cuentan dos historias parciales y verificables que conviven porque miden fenómenos distintos con velocidades distintas: una el capital que decide apostar por México a varios años, la otra el pulso mensual de lo que las fábricas y los negocios de servicios ya instalados están produciendo hoy. La pregunta que ninguna de las dos cifras resuelve por sí misma es cuánto tiempo más puede sostenerse esa brecha antes de que el capital comprometido finalmente se traduzca en producción medible, o antes de que la ausencia persistente de esa traducción empiece a poner en duda la premisa completa sobre la que se ha construido el discurso de la oportunidad mexicana de los últimos cinco años.

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