Holodomor, 90 años después: por qué esa hambruna sigue siendo la clave para entender —y para desinformar sobre— la guerra en Ucrania
En 1932-1933 murieron entre 3.5 y 5 millones de ucranianos por una hambruna diseñada desde Moscú. Noventa años después, esa memoria es central para entender por qué Ucrania pelea la guerra actual como una guerra existencial, y por qué la acusación de que Ucrania está "gobernada por nazis" —repetida por el Kremlin desde 2022— es una de las piezas de desinformación mejor documentadas del conflicto.
Cada cuarto sábado de noviembre, Ucrania enciende velas en las ventanas para recordar a los millones de personas que murieron de hambre entre 1932 y 1933, en una hambruna que no fue producto de una mala cosecha sino de una política deliberada de Moscú para quebrar la resistencia campesina ucraniana a la colectivización soviética. Ese evento se llama Holodomor —"muerte por hambre" en ucraniano— y noventa años después sigue siendo, para entender la guerra que Rusia libra hoy contra Ucrania, una de las claves históricas más citadas y más manipuladas al mismo tiempo. Manipuladas porque el mismo conflicto que invoca esa memoria como advertencia también está saturado de una acusación específica, repetida desde Moscú desde el primer día de la invasión de 2022: que Ucrania está gobernada por nazis. Entender por qué la primera es central y la segunda es desinformación documentada requiere separar ambas con el mismo rigor.
Qué fue realmente el Holodomor
Entre 1932 y 1933, entre 3.5 y 5 millones de ucranianos murieron de hambre en un territorio que producía suficiente grano para alimentar a su población varias veces. La causa no fue climática: fue una combinación de cuotas de grano imposibles de cumplir impuestas desde Moscú, la confiscación de todo alimento —no solo grano, también ganado y semillas para la siguiente siembra— en las casas de campesinos que no cumplían esas cuotas, y el cierre de las fronteras internas de Ucrania y la región del Kubán para impedir que la población huyera en busca de comida. Historiadores como Timothy Snyder y Anne Applebaum han documentado, con archivos soviéticos desclasificados después de 1991, que esas políticas se aplicaron con una intensidad y una focalización geográfica específicamente dirigida contra Ucrania como nación, no como una crisis agrícola generalizada de toda la URSS —aunque también hubo hambrunas en otras regiones soviéticas, la severidad y las medidas represivas adicionales aplicadas específicamente en territorio ucraniano son la base del argumento de que constituyó un genocidio nacional, no solo una catástrofe económica—. Más de treinta países, incluyendo Estados Unidos, Alemania, Canadá y el Parlamento Europeo, han reconocido oficialmente el Holodomor como genocidio; Rusia, heredera legal de la URSS, no lo reconoce como tal y durante décadas soviéticas prohibió incluso mencionarlo públicamente.
Por qué esa memoria explica la guerra actual
Cuando Ucrania describe la invasión rusa de 2022 en términos existenciales —no como un conflicto territorial más, sino como una amenaza a la supervivencia de la nación ucraniana como tal— no está usando retórica hiperbólica: está aplicando un marco histórico específico, en el que el Holodomor es el ejemplo fundacional de lo que ocurre cuando Moscú decide que la identidad nacional ucraniana es un problema a resolver. Ese marco explica por qué la resistencia ucraniana a la invasión ha sido tan sostenida incluso frente a un adversario con recursos militares muy superiores: la lectura interna dominante en Ucrania es que una derrota no significaría solo un cambio de gobierno, sino un intento de borrado cultural y nacional comparable, en su lógica de fondo, al de 1932-33. Esa no es una interpretación marginal ni solo gubernamental: encuestas de opinión pública ucraniana durante la guerra muestran de forma consistente que la memoria del Holodomor se invoca de manera espontánea, no solo en discursos oficiales, como referencia explicativa del conflicto actual.
La acusación de "Ucrania nazi": qué dice la evidencia real
La justificación pública que el Kremlin dio para la invasión de 2022 incluyó, de forma central, la afirmación de que la operación buscaba la "desnazificación" de Ucrania. La evidencia disponible no sostiene esa caracterización del Estado o del gobierno ucraniano. El presidente Volodímir Zelenski es judío y perdió familiares en el Holocausto; los partidos de extrema derecha ucranianos obtuvieron resultados electorales marginales antes de la guerra —menos del 2% combinado en las elecciones presidenciales de 2019—, muy por debajo de los resultados de partidos de extrema derecha en varios países de Europa occidental que nadie describe como "estados nazis". Dicho eso, la evidencia real y documentada sobre extremismo de derecha en Ucrania no es cero, y tratarla como cero sería igual de deshonesto que exagerarla: el batallón Azov, que sí tuvo orígenes ideológicos de extrema derecha cuando se formó como milicia voluntaria en 2014, fue integrado formalmente a la Guardia Nacional de Ucrania y ha sido objeto de reformas y de escrutinio internacional sobre su composición ideológica actual, con evaluaciones mixtas de distintas organizaciones de derechos humanos y analistas de extremismo sobre cuánto de esa ideología original persiste institucionalmente hoy. La distinción que la evidencia sí sostiene con claridad es la que importa: existen grupos y figuras de extrema derecha operando en Ucrania —como existen en casi cualquier país europeo—, pero eso es categóricamente distinto de la afirmación de que el Estado ucraniano, su gobierno electo o su sociedad en conjunto operan bajo una ideología nazi o neonazi. Esa segunda afirmación es la que el Kremlin ha usado como justificación de guerra, y es la que la evidencia disponible no respalda.
Por qué esta desinformación específica es tan efectiva
La acusación de "nazis en Ucrania" no funciona como propaganda por ser completamente inventada desde cero —eso sería fácil de desmentir—: funciona porque toma un fragmento real (la existencia histórica y actual de grupos marginales de extrema derecha) y lo infla hasta cubrir una afirmación mucho más amplia y falsa (que el Estado ucraniano es nazi). Ese patrón —verdad parcial, generalización falsa— es estructuralmente el más difícil de refutar en un titular corto, porque refutarlo requiere explicar matices, y la desinformación no necesita matices para circular. Es, además, un patrón con precedente histórico directo: la propaganda soviética también usó fragmentos reales —la colaboración de algunos ucranianos con fuerzas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial, un fenómeno documentado y complejo que ocurrió en casi todos los países ocupados por Alemania— para construir una narrativa mucho más amplia sobre el nacionalismo ucraniano como intrínsecamente fascista, narrativa que precede a esta guerra por décadas y que el Kremlin ha reactivado casi sin modificaciones.
Posibles soluciones y el panorama hacia adelante
Ningún escenario de resolución del conflicto que se ha discutido seriamente en foros internacionales —desde un alto el fuego a lo largo de la línea de contacto actual hasta garantías de seguridad occidentales a cambio de neutralidad militar ucraniana— resuelve por sí solo la dimensión de memoria histórica que este artículo describe, y esa es precisamente la razón por la que las negociaciones han avanzado tan lentamente incluso cuando las posiciones militares y territoriales parecen, en algún momento, acercarse. Un acuerdo que Ucrania perciba como una repetición del patrón histórico que el Holodomor representa —ceder soberanía o identidad nacional bajo presión de Moscú— enfrentará resistencia interna sin importar qué tan favorables sean sus términos territoriales o económicos. Cualquier marco de solución duradera necesita, como mínimo, garantías de seguridad verificables que Ucrania perciba como reales —no solo declarativas— y un reconocimiento explícito, así sea implícito en el texto de cualquier acuerdo, de que la soberanía ucraniana no está en negociación. Sin esas dos condiciones, cualquier tregua corre el riesgo de leerse en Kiev no como el fin del conflicto sino como una pausa antes de su repetición.
La pregunta que debería guiar cualquier análisis serio del conflicto
Noventa años después del Holodomor, la pregunta que separa el análisis informado de la propaganda —de cualquiera de los dos lados— no es si Ucrania tiene motivos históricos legítimos para desconfiar profundamente de Moscú: los tiene, documentados con archivos y con reconocimiento internacional. La pregunta es si esa desconfianza legítima se está usando, en cada pieza específica de información que circula sobre esta guerra, para iluminar la realidad o para justificar generalizaciones que la evidencia no sostiene. Esa misma pregunta, aplicada en sentido inverso, es exactamente la que hay que hacerle a la acusación de "Ucrania nazi": ¿la evidencia real —marginal, documentada, y contextualizada— sostiene la conclusión que se está sacando de ella, o solo sirve para justificar una narrativa que ya existía antes de que esa evidencia se presentara?
Fuentes
- Holodomor — resumen histórico, cifras y reconocimiento internacional
- Bloodlands: Europe Between Hitler and Stalin — Timothy Snyder, referencia académica sobre el Holodomor y su contexto
- Red Famine: Stalin's War on Ukraine — Anne Applebaum, historia documental del Holodomor
- Far right and Euromaidan: how influential is Ukraine's far right really? — Chatham House, análisis sobre extremismo político ucraniano
- Fact check: Is Ukraine run by Nazis? — Deutsche Welle, verificación de la acusación de "desnazificación"
- Azov: from far-right militia to integrated national guard unit — BBC, sobre la evolución del batallón Azov