El PIB mexicano se ve bien porque el Mundial está pagando la fiesta que el empleo formal ya no puede sostener
México perdió 19,550 empleos formales en julio, rompiendo un patrón estacional que se había sostenido en 28 de los últimos 29 años, justo cuando Citi elevó su pronóstico de PIB apoyándose en un repunte de construcción ligado casi por completo al gasto de última hora para el Mundial 2026.
El 10 de agosto, el IMSS reportó que México perdió 19,550 empleos formales durante julio. La cifra, leída sola, podría pasar como ruido estacional. Leída en contexto, es una anomalía que merece más atención de la que ha recibido: en 28 de los últimos 29 años, el número de trabajadores asegurados ante el IMSS aumentó o se mantuvo prácticamente estable durante junio-julio, un periodo tradicionalmente favorable para la contratación formal en México. La caída de este año no solo rompió ese patrón; fue casi tres veces mayor que la peor registrada antes de la pandemia. Trece días antes, Citi había elevado su pronóstico de crecimiento del PIB mexicano para 2026 de 1.1% a 1.3%, citando un repunte del segundo trimestre. Ambas noticias describen la misma economía, en el mismo mes, y cuentan historias casi opuestas. La explicación de esa contradicción no está en ningún error de medición: está en de dónde salió el repunte que Citi celebró.
Un PIB que mejora gracias a una fecha de caducidad
El crecimiento del segundo trimestre que sostiene el optimismo de Citi tuvo un origen bastante específico: la construcción, que venía de 23 meses consecutivos de contracción, volvió a crecer en abril impulsada casi por completo por obra pública ligada a la preparación del Mundial 2026. Las cifras del sector, con ajuste estacional, muestran un salto de 38.9% anual en obras de electricidad y telecomunicaciones y de 24.7% en transporte y urbanización durante ese mes, un patrón que la propia Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción asocia directamente con gasto de última hora antes del torneo. Es, en otras palabras, un estímulo real, pero con fecha de vencimiento conocida de antemano: los estadios se terminan, las obras de urbanización concluyen, y el calendario del evento que las detonó no se repite el año próximo. Ningún analista serio de construcción esperaría que ese ritmo de crecimiento sea la nueva normalidad del sector una vez que el Mundial termine.
El indicador que no se deja maquillar por un evento con fecha límite
El empleo formal es, entre los indicadores disponibles, uno de los más difíciles de inflar artificialmente con gasto de corto plazo, porque contratar a alguien de forma permanente es una decisión que las empresas solo toman cuando confían en que la demanda que la justifica va a sostenerse más allá de un trimestre. Por eso la caída de julio importa más que cualquier cifra de obra pública: mientras el gobierno puede acelerar el gasto en infraestructura para cumplir una fecha en el calendario, ninguna empresa contrata personal permanente para un proyecto que sabe que termina en unos meses. El IMSS atribuyó parte de la caída de julio a estacionalidad —el fin del ciclo escolar y la etapa descendente del ciclo agrícola—, pero esos mismos factores estacionales estuvieron presentes en prácticamente todos los 28 años anteriores en los que el empleo formal, aun así, creció o se mantuvo estable en ese periodo. Que este año la estacionalidad haya bastado para romper un patrón de casi tres décadas sugiere que el colchón que antes absorbía esas fluctuaciones —la confianza empresarial para contratar de más en la temporada alta— ya no está donde estaba.
Lo que dice el acumulado del año, no solo el mes
Julio no fue un mes aislado dentro de una tendencia por lo demás sólida. La creación acumulada de empleo formal durante los primeros siete meses de 2026 se ubicó en apenas 243,078 puestos, un ritmo que el propio sector privado describe como insuficiente para absorber la entrada anual de personas al mercado laboral mexicano y que continúa la trayectoria de 2025, ya calificado como uno de los años más débiles de creación de empleo formal de las últimas décadas sin que exista una recesión declarada. Es, en el fondo, la definición de una economía que crece en el margen agregado —el PIB total— sin generar la contraparte que históricamente ese crecimiento producía: empleos formales con seguridad social, crédito para vivienda y una trayectoria de ingreso más predecible que la que ofrece la informalidad.
Dónde sí se está contratando, y qué dice eso del resto
No todo el mercado laboral se contrajo en julio. Las plataformas digitales —los repartidores y conductores que operan bajo esquemas de aplicaciones— fueron de los pocos segmentos que mostraron dinamismo positivo en el mismo periodo en que la formalidad tradicional retrocedía. Esa divergencia no es un dato menor: describe un mercado laboral donde el crecimiento se está desplazando hacia esquemas de trabajo con menor estabilidad contractual y, en muchos casos, sin las mismas prestaciones que un empleo formal convencional del IMSS. No es evidencia de que la economía mexicana haya dejado de generar oportunidades de trabajo; es evidencia de que el tipo de oportunidad que sí está creciendo es estructuralmente distinto —y generalmente más precario— que el que se está perdiendo.
El riesgo de confundir un indicador líder con uno rezagado
Parte de por qué esta contradicción pasa desapercibida en la conversación pública es que el PIB y el empleo formal se leen, casi por costumbre, como si contaran la misma historia con un mes de diferencia. No es así. El PIB agregado captura el valor de la producción corriente, incluida la obra pública que se ejecuta con un calendario fijo e independiente del ciclo de negocios privado; el empleo formal captura una decisión de las empresas sobre el futuro, tomada con la información disponible sobre qué tan sostenible creen que será la demanda que están atendiendo. Cuando ambos indicadores se mueven en la misma dirección, la lectura es sencilla. Cuando divergen —como ocurrió en julio—, la divergencia misma es la información más valiosa: indica que el componente que está sosteniendo el crecimiento agregado no es el que las empresas privadas consideran lo bastante duradero como para justificar una contratación permanente. Ignorar esa señal por quedarse solo con el titular del PIB es, en la práctica, leer el indicador equivocado para la pregunta que en realidad importa, que es hacia dónde va la economía una vez que el estímulo puntual se agote.
La informalidad como amortiguador, no como solución
El desplazamiento hacia plataformas digitales que se observó en julio tiene un precedente conocido en la economía mexicana: cada vez que el empleo formal pierde dinamismo, la informalidad —en sus distintas variantes, desde el comercio ambulante hasta los esquemas de aplicaciones— absorbe parte de la demanda de trabajo que el sector formal deja de generar. Ese amortiguador evita que la desaceleración se traduzca directamente en una crisis de desempleo abierto, y es una de las razones por las que México rara vez ve tasas de desempleo comparables a las de economías desarrolladas incluso en periodos de bajo crecimiento. Pero absorber no es lo mismo que resolver: cada punto porcentual de crecimiento que se traduce en empleo informal, en lugar de formal, es un punto porcentual menos de cotizantes al IMSS, de acceso a crédito hipotecario formal, y de la base fiscal que financia buena parte del gasto público del que depende, entre otras cosas, la próxima ronda de obra pública que el país quiera detonar.
La revisión de Citi no está mal, pero mide algo distinto de lo que la gente cree
Vale la pena ser justos con la revisión de Citi: elevar el pronóstico de 1.1% a 1.3% no es un error de cálculo, es una lectura correcta de que el PIB agregado, en efecto, se movió al alza durante el segundo trimestre. El problema no es la cifra, es la interpretación que suele acompañarla en el discurso público, donde una revisión al alza del PIB se traduce automáticamente en la narrativa de que "la economía mejora" en un sentido amplio, cuando en realidad describe que un componente específico —obra pública con calendario fijo— tuvo un buen trimestre. El propio Citi fue explícito en advertir que el país enfrenta un panorama de inversión débil, incertidumbre por la revisión del T-MEC y menor dinamismo del empleo formal, y que espera que la economía mexicana se mantenga débil durante la segunda mitad del año. Es decir: la misma firma que subió el pronóstico del PIB está anticipando que el motor que lo subió no va a repetirse.
Qué preguntar cuando termine el Mundial
La prueba real para la economía mexicana no va a llegar en agosto ni en septiembre, sino en los meses posteriores al cierre del torneo, cuando el gasto de construcción ligado al evento se agote de forma natural y el PIB tenga que sostenerse, otra vez, sobre inversión privada y consumo de los hogares —las dos variables que Citi y el sector privado ya identifican como débiles. Si en ese momento el empleo formal retoma su patrón histórico de crecimiento estacional, la caída de julio habrá sido, en efecto, una anomalía pasajera. Pero si la tendencia de 2026 se confirma como el nuevo ritmo estructural del mercado laboral mexicano, la pregunta que deberá responder cualquier análisis del PIB del próximo año no será cuánto creció la economía, sino cuánto de ese crecimiento generó empleo permanente y cuánto fue, otra vez, la sombra de un evento con fecha de caducidad ya conocida.