Opinión

Tenstorrent le dijo no a una oferta de $10,000 millones. Yahoo le dijo no a una de $44,600 millones en 2008. Todavía no se puede saber cuál de las dos decisiones fue la correcta

Esta semana, Tenstorrent rechazó una oferta de adquisición reportada entre $8,000 y $10,000 millones de dólares para levantar capital de forma independiente. En 2008, Yahoo rechazó una oferta de Microsoft por $44,600 millones. Hoy juzgamos la segunda decisión como un error histórico. La primera todavía no tiene veredicto. La diferencia entre ambos juicios no está en la calidad de la decisión: está en si ya conocemos el resultado.

La tesis del artículo

Que el mercado y la prensa evalúen la calidad de una decisión usando el resultado que terminó teniendo —y no la calidad del razonamiento con el que se tomó en el momento, bajo la incertidumbre real que existía entonces— es un sesgo documentado por la economía del comportamiento, no una forma neutral de hacer historia corporativa. Que ese sesgo distorsione sistemáticamente qué tipo de decisiones las organizaciones terminan premiando o castigando es una consecuencia observable de esa misma confusión, aunque no implica que toda decisión audaz sea, solo por serlo, la decisión correcta.

El 19 de octubre, Tenstorrent —la startup de chips de inteligencia artificial fundada por Jim Keller— rechazó una oferta de adquisición de Qualcomm reportada, según distintos medios especializados, entre $8,000 y $10,000 millones de dólares. En su lugar, levantó una ronda de capital de $1,500 millones a una valuación de $6,200 millones —menos de lo que, en papel, habría obtenido vendiendo—. El 1 de febrero de 2008, Microsoft ofreció $44,600 millones de dólares por Yahoo. El consejo de Yahoo la rechazó el 11 de febrero, argumentando que la oferta subvaluaba a la empresa. Hoy, casi dos décadas después, esa decisión se cita de forma casi unánime como uno de los errores corporativos más caros de la historia reciente de la tecnología: el negocio central de Yahoo terminó vendiéndose, menos de una década después, por una fracción de lo que Microsoft había ofrecido.

Son dos decisiones con la misma estructura —una empresa de tecnología rechaza una oferta de compra multimillonaria para apostar por su independencia— separadas por dieciocho años. Una ya tiene un veredicto histórico que casi nadie cuestiona. La otra, apenas tomada, no tiene ninguno todavía. Y esa diferencia —no la calidad del razonamiento detrás de cada decisión, sino simplemente cuánto tiempo ha pasado desde que se tomó— es exactamente el mecanismo que la economía del comportamiento lleva décadas documentando bajo distintos nombres.

El error de confundir una apuesta con su resultado

La ex jugadora profesional de póker convertida en escritora sobre toma de decisiones, Annie Duke, le puso un nombre específico a este fenómeno: "resulting". La idea central es simple de enunciar y difícil de practicar: evaluamos la calidad de una decisión por la calidad del resultado que tuvo, en lugar de evaluarla por la calidad de la información y el razonamiento disponibles en el momento en que se tomó. Un jugador de póker puede jugar una mano a la perfección —con las probabilidades correctamente calculadas, con el tamaño de apuesta óptimo— y perderla de todas formas, porque el póker, como la mayoría de las decisiones que importan en la vida real, mezcla habilidad con una cantidad significativa de azar e información oculta. El error de "resulting" consiste en mirar esa mano perdida y concluir que la decisión fue mala, cuando en realidad fue una buena decisión con un mal desenlace —dos cosas que un cerebro entrenado para buscar certeza y narrativas causales tiende a fusionar en una sola.

El caso de Yahoo es, en retrospectiva, el ejemplo perfecto de este error aplicado a la historia corporativa: el consejo de la empresa, en febrero de 2008, tenía argumentos defendibles para pensar que su negocio valía más de lo que Microsoft ofrecía —su alcance global, su base de usuarios, sus ingresos publicitarios crecientes en ese momento—. Que esos argumentos resultaran, con el paso de los años, equivocados no prueba automáticamente que fueran irracionales cuando se formularon. Prueba que la apuesta no salió como esperaban quienes la hicieron, lo cual es una afirmación mucho más limitada —y mucho menos satisfactoria para quien busca una lección clara de la historia— que decir simplemente que el consejo de Yahoo "se equivocó".

Lo que Kahneman documentó antes de que existiera el término

Este mismo patrón tiene una raíz más antigua y más formal en el trabajo de Daniel Kahneman y Amos Tversky sobre la teoría de las perspectivas (prospect theory), publicada en 1979, que documentó de forma sistemática algo contraintuitivo: las personas no evalúan el riesgo de forma simétrica. Perder una cantidad de dinero duele, en términos psicológicos medibles, más de lo que place ganar la misma cantidad —un fenómeno que los autores llamaron aversión a la pérdida—. La consecuencia práctica de esa asimetría, trasladada a decisiones organizacionales, es que una ejecutiva o un consejo directivo que rechaza una oferta segura por una apuesta incierta —aunque esa apuesta tenga, en términos de valor esperado, una expectativa superior— está exponiéndose a un tipo de dolor psicológico y reputacional desproporcionado si la apuesta falla, comparado con el reconocimiento que recibiría si la apuesta, simplemente, tiene éxito.

Esa asimetría no es un defecto de carácter de quien decide: es una característica documentada y replicada de cómo funciona el juicio humano bajo incertidumbre, lo cual tiene una implicación incómoda para cualquier consejo directivo, inversionista o empleado que hoy opine sobre si Tenstorrent "hizo bien" en rechazar a Qualcomm: ese juicio, formulado hoy, está siendo emitido sin la información que resolvería la pregunta —si RISC-V efectivamente logra erosionar el dominio de Nvidia en la próxima década—, así que en el mejor de los casos es una opinión informada sobre probabilidades, y en el peor, es "resulting" disfrazado de análisis, a la espera de que el resultado final llegue para retroactivamente declarar que siempre fue obvio.

El costo de carrera de decidir de forma audaz

Hay una segunda capa de este problema que rara vez se discute con la misma claridad: las organizaciones, en la práctica, no distribuyen premios y castigos de forma simétrica entre quien toma una decisión audaz y bien razonada que sale mal, y quien toma la decisión segura y convencional que simplemente no sale ni bien ni mal de forma espectacular. Un ejecutivo que aprueba una fusión convencional que resulta mediocre rara vez pierde su trabajo por ello —se diluye entre decenas de decisiones similares que toman sus pares en la misma industria—. Un ejecutivo que rechaza una oferta de compra multimillonaria y la apuesta no funciona queda, en cambio, con su nombre adjunto de forma permanente a esa decisión específica, visible y fácil de señalar. Esta asimetría en la visibilidad del fracaso, documentada en la literatura de gobierno corporativo bajo el nombre genérico de "aversión al riesgo de carrera" (career risk aversion), produce un incentivo sistemático hacia la mediocridad segura: no porque los ejecutivos sean, en promedio, menos capaces de identificar una buena apuesta, sino porque el sistema de incentivos que enfrentan castiga la varianza visible de los resultados, no la calidad invisible del razonamiento que los produjo.

Jerry Yang, el entonces director ejecutivo de Yahoo, renunció en noviembre de 2008, nueve meses después del rechazo a Microsoft, en medio de presión de accionistas liderada por el inversionista activista Carl Icahn. Es exactamente el tipo de consecuencia de carrera que el marco de aversión al riesgo predice: no hizo falta esperar una década para que el mercado empezara a castigar la decisión, bastaron unos meses de que el precio de la acción no reflejara la narrativa que el consejo había usado para justificar el rechazo.

Lo que esto no significa

Nada de lo anterior implica que toda decisión audaz sea, solo por serlo, la decisión correcta, ni que Tenstorrent necesariamente vaya a tener un destino distinto al de Yahoo. El argumento no es "ignorar los resultados"; es resistir la tentación de sustituir, antes de que el resultado exista, el juicio sobre la calidad de una decisión por una narrativa prestada del desenlace de un caso superficialmente similar que ya conocemos. Tenstorrent compite en un mercado con una dinámica estructuralmente distinta a la de los portales de internet de 2008 —la demanda de cómputo para inteligencia artificial, a diferencia de la publicidad digital de hace dos décadas, sigue creciendo de forma documentada—, y rechazó una oferta reportada, no confirmada oficialmente por ninguna de las dos partes, lo cual introduce una capa adicional de incertidumbre sobre si esa comparación es siquiera aplicable en sus términos exactos.

La pregunta que ningún análisis de hoy puede resolver todavía

Dentro de cinco o diez años, alguien va a escribir la versión definitiva de esta historia, con el beneficio retrospectivo de conocer si Tenstorrent construyó, o no, un ecosistema de software suficiente para competir contra el dominio de Nvidia. Esa persona va a tener una ventaja que nadie escribiendo hoy tiene: va a saber cómo termina. Y existe un riesgo real de que, con esa ventaja, concluya —de la misma forma en que hoy se concluye sobre Yahoo— que el desenlace siempre fue predecible, que las señales siempre estuvieron ahí, que cualquiera con suficiente criterio lo habría visto venir. Vale la pena, mientras eso no ocurre, resistir la tentación de escribir esa historia antes de tiempo.

Fuentes

Libros:

  • Annie Duke, Thinking in Bets: Making Smarter Decisions When You Don't Have All the Facts, 2018.
  • Daniel Kahneman, Thinking, Fast and Slow, 2011.
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