Opinión

Turing nunca dijo "inteligencia artificial": la historia real detrás del póster de sus cuatro supuestos padres

Un póster que circula en redes junta a Turing, McCarthy, Minsky y Simon bajo el título "Los padres de la inteligencia artificial". La imagen es llamativa, pero la historia real es más interesante: Turing murió dos años antes de que el término existiera, y el mismo Minsky que fundó el laboratorio de IA del MIT casi detuvo el campo con un solo libro.

En una mirada
1950año del artículo de Turing que propuso su test, seis años antes de que existiera el término "inteligencia artificial"revista Mind
1956año de la Conferencia de Dartmouth donde McCarthy acuñó el término, y del Logic Theorist de Simon y NewellDartmouth workshop
1969año del libro de Minsky y Papert que mostró los límites matemáticos del perceptrón, antecedente del primer "invierno de la IA"
20 añosplazo en el que Herbert Simon predijo, en 1965, que una máquina podría hacer cualquier trabajo humano — no se cumplióThe Shape of Automation
La tesis del artículo

Documentado: los cuatro protagonizaron momentos fundacionales reales y verificables —el test de Turing en 1950, la conferencia de Dartmouth que acuñó el término en 1956, el Logic Theorist de Simon y Newell ese mismo año, y la crítica de Minsky y Papert al perceptrón en 1969— pero Turing murió en 1954, dos años antes de que existiera la disciplina que hoy se le atribuye fundar. Interpretación propia: agruparlos bajo un mismo cartel de "padres" simplifica una historia donde el optimismo y el escepticismo convivieron desde el inicio, protagonizados muchas veces por las mismas personas.

Un póster que junta a cuatro hombres que casi nunca compartieron sala

La imagen circula con frecuencia en redes: cuatro retratos en estilo editorial, nombres en tipografía elegante, el título "Los padres de la inteligencia artificial" coronando a Alan Turing, John McCarthy, Marvin Minsky y Herbert Simon. Es un diseño atractivo y, en el sentido más amplio, defendible: los cuatro fueron figuras centrales en el nacimiento de la disciplina. Pero el póster también comprime siete décadas de historia en una sola fotografía familiar, y esa compresión esconde algo más interesante que la lista de nombres: estos cuatro hombres casi nunca estuvieron en la misma sala, trabajaron en tradiciones intelectuales distintas, y al menos dos de ellos jugaron papeles opuestos —uno impulsando el campo, otro frenándolo con su propia obra— en momentos distintos de su desarrollo.

El que nunca dijo "inteligencia artificial"

Empecemos por la ausencia más llamativa del grupo: Alan Turing murió en 1954, envenenado con cianuro en circunstancias que una investigación oficial calificó de suicidio, dos años después de ser procesado penalmente por su homosexualidad bajo la ley británica vigente entonces y sometido a castración química como "tratamiento" alternativo a la cárcel. Fue indultado póstumamente por la Corona británica recién en 2013. Turing nunca participó en la Conferencia de Dartmouth de 1956 —el evento que suele marcarse como el nacimiento formal del campo— porque ya había muerto cuando ocurrió. El término "inteligencia artificial" no existía todavía cuando él publicó su trabajo más citado.

Lo que sí hizo, y es lo que justifica su lugar en cualquier historia seria de la disciplina, fue publicar en 1950 un artículo en la revista Mind titulado "Computing Machinery and Intelligence", donde planteó una pregunta que sigue siendo el marco de referencia habitual para hablar de máquinas "inteligentes": en vez de preguntar si una máquina puede pensar —una pregunta que consideraba mal planteada—, propuso un juego de imitación con tres participantes (una computadora, un humano y un interrogador) donde la máquina "gana" si el interrogador no logra distinguirla del humano de forma consistente. Turing predijo que, hacia el año 2000, un interrogador promedio tendría como máximo un 70% de probabilidad de acertar tras cinco minutos de conversación. Esa fecha ya pasó hace un cuarto de siglo, y aunque hoy existen sistemas que superan conversaciones cortas con humanos de forma convincente, ningún sistema ha superado el test de Turing de manera fiable y repetida bajo condiciones controladas y rigurosas. Turing fue, en el sentido más literal, el padre de una pregunta —no de un campo que todavía no tenía nombre cuando él murió.

El nombre que le pusieron sin preguntarle

Dos años después de la muerte de Turing, cuatro investigadores —John McCarthy, Marvin Minsky, Nathaniel Rochester y Claude Shannon— firmaron una propuesta fechada el 31 de agosto de 1955 para organizar un taller de verano en Dartmouth College. El documento planteaba una hipótesis ambiciosa: que cualquier aspecto del aprendizaje o de la inteligencia podría, en principio, describirse con tanta precisión que una máquina pudiera simularlo. Fue McCarthy quien eligió el nombre "inteligencia artificial" para el taller, en parte para distanciarse deliberadamente de la "cibernética" y de la figura dominante de ese campo, Norbert Wiener.

El taller duró entre seis y ocho semanas —las fuentes no coinciden en la duración exacta, porque la lista completa de asistentes se perdió— y reunió a unas veinte personas que entraban y salían de las sesiones, entre ellas Herbert Simon y Allen Newell, quienes llegaron sin ser organizadores formales pero con algo que nadie más en la sala tenía todavía: un programa de computadora que ya funcionaba.

El primer programa que "razonó", escrito por el que nunca aparece en el póster

Mientras la propuesta de Dartmouth seguía siendo, en esencia, una apuesta teórica, Herbert Simon, Allen Newell y Cliff Shaw habían completado ese mismo 1956 un programa llamado Logic Theorist, generalmente reconocido como el primer programa diseñado deliberadamente para realizar razonamiento automatizado. El programa logró demostrar 38 de los primeros 52 teoremas del segundo capítulo de los Principia Mathematica de Whitehead y Russell —una de las obras más exigentes de la lógica matemática del siglo XX— y en al menos un caso encontró una demostración más elegante que la de los propios autores. Por ese trabajo, Simon, Newell y Shaw recibieron conjuntamente el Premio Turing en 1975, lo que convierte a Simon en una de las pocas personas con ese reconocimiento y un Premio Nobel: lo ganó en 1978, en Ciencias Económicas, por su investigación sobre el proceso de toma de decisiones dentro de las organizaciones, de donde surgieron conceptos como "racionalidad limitada" y "satisficing" —la idea de que, frente a demasiadas opciones y poco tiempo, las personas tienden a aceptar la primera alternativa que cubre sus necesidades, en vez de buscar la óptima.

Vale la pena notar lo que el póster oculta aquí: Allen Newell, coautor directo del programa que es probablemente el logro técnico más concreto de todo 1956, no aparece en ningún lugar del cartel.

El hombre que fundó un laboratorio y después casi lo detiene

Marvin Minsky es, de los cuatro, quien tuvo el papel más contradictorio. En 1959, junto con McCarthy, fundó lo que hoy se conoce como el Laboratorio de Ciencias de la Computación e Inteligencia Artificial del MIT, y lo codirigió durante quince años. Desarrolló la teoría de "marcos" para representar conocimiento en sistemas de cómputo —una de las ideas más influyentes en procesamiento de lenguaje natural y sistemas expertos de las décadas siguientes— y en 1986 publicó The Society of Mind, un intento de explicar la inteligencia como el producto de la interacción de muchos componentes individualmente no inteligentes. En 1969 recibió el Premio Turing por su papel central en la creación y promoción del campo.

Pero ese mismo año, junto con Seymour Papert, publicó un libro que tuvo el efecto contrario sobre una rama entera de la investigación. Perceptrons era un análisis matemático riguroso de las capacidades y, sobre todo, de las limitaciones de los perceptrones —los antecesores directos de las redes neuronales actuales—, y demostró con precisión formal que un perceptrón de una sola capa no podía resolver problemas tan básicos como el XOR lógico. El libro no afirmaba que las redes multicapa fueran inútiles, y de hecho respondía directamente a esa objeción, pero el efecto práctico en la comunidad investigadora fue un desplazamiento casi total de fondos y atención hacia enfoques simbólicos de la IA, alejados de las redes neuronales, durante más de una década. El mismo hombre que construyó la casa fue quien, con un solo libro, convenció a buena parte del campo de clausurar una de sus habitaciones más prometedoras —la misma habitación que, medio siglo después, resultó ser donde vivía el futuro del campo.

Veinte años que nunca llegaron

Si hay una frase que resume el optimismo desbordado de esa primera generación, es una predicción de Herbert Simon de 1965: que las máquinas serían capaces, en veinte años, de hacer cualquier trabajo que un humano pudiera hacer. No fue un desliz aislado: en 1958, el propio Simon y Newell habían predicho que una computadora sería campeona mundial de ajedrez para 1968 —cosa que tampoco ocurrió en ese plazo; Deep Blue venció a Kasparov hasta 1997—. Para 1985, ninguna máquina de propósito general podía realizar trabajo humano arbitrario, la IA simbólica se había estancado y el campo entraba en lo que se conoce como el segundo invierno de la inteligencia artificial, un periodo de recortes de financiamiento y escepticismo generalizado sobre si el campo había prometido más de lo que podía cumplir.

Esto no es, como suele presentarse en retrospectiva, evidencia de que Simon fuera ingenuo. Como señala el propio registro histórico del campo, contribuyó tanto como cualquiera al avance real que terminó ocurriendo, y estuvo lejos de ser el único en hacer promesas que no se cumplieron en el plazo anunciado.

Qué hacer con un póster que simplifica, pero no miente

Nada de lo anterior convierte al póster en falso. Los cuatro hombres que aparecen en él sí protagonizaron momentos que cualquier historia seria de la inteligencia artificial tiene que incluir. Lo que la imagen no puede transmitir, porque ningún cartel de cuatro retratos puede hacerlo, es que esos momentos no fueron una progresión ordenada de padres fundando un campo en armonía, sino una secuencia de apuestas, predicciones fallidas, inviernos de financiamiento y, al menos una vez, un libro que detuvo durante años la línea de investigación que terminaría ganando. La pregunta que vale la pena hacerse, setenta años después de Dartmouth, no es quién merece aparecer en el póster, sino si la generación actual de investigadores está cometiendo la misma clase de error que Simon en 1965 —confundir el ritmo de un momento particular de optimismo con la pendiente real y sostenida del progreso.

Fuentes

También te puede interesar 01 / 05

← Volver al blog