El mito de las ocho horas: no lo inventó un vendedor de colchones, pero la verdad es más rara
Circula en redes que las ocho horas de sueño fueron un invento publicitario de una empresa de colchones de 1938. La cifra es más vieja que eso —viene de un reformista galés de 1817— y la evidencia real sobre cómo dormíamos antes de la luz eléctrica es más extraña y más incómoda que cualquier teoría de conspiración de marketing.
Alguien sube un video explicando que antes de que existiera la luz eléctrica los seres humanos dormíamos "por partes", nos despertábamos a medianoche a conversar o rezar, y que la idea de dormir ocho horas seguidas la inventó un vendedor de colchones en 1938 para vender más camas. El video tiene millones de vistas. Tiene, además, un problema: la mitad es cierta, y la mitad que es falsa es precisamente la que hace que la historia funcione como anécdota de sobremesa.
Vale la pena desenredar las dos partes por separado, porque cada una cuenta algo distinto —y más interesante— que la versión viral.
La cifra no la inventó nadie que vendiera colchones
Empecemos por lo fácil de verificar. La atribución más repetida es que Simmons Beautyrest acuñó la meta de ocho horas en 1938 como estrategia de marketing. El problema es cronológico: la frase "ocho horas de trabajo, ocho de recreación, ocho de descanso" existe desde 1817, cuando el reformista galés Robert Owen —dueño de una fábrica textil en New Lanark, Escocia, y una de las figuras fundacionales del movimiento obrero británico— la propuso como una división del día en tres tercios iguales para dignificar las condiciones laborales de la Revolución Industrial. Owen no hablaba de colchones; hablaba de que un ser humano no debía pasar dieciséis horas frente a un telar. La consigna sobrevivió más de un siglo en pancartas sindicales antes de que existiera una sola patente de colchón con resortes.
Lo que sí es cierto es que la industria del descanso —Simmons incluida— adoptó con entusiasmo esa cifra ya instalada en la cultura y la convirtió en gancho publicitario durante la primera mitad del siglo XX, vendiendo colchones "diseñados para las ocho horas recomendadas". Adoptar un estándar no es lo mismo que inventarlo, pero la distinción se pierde fácil cuando la historia corta es más compartible que la historia completa. Ni siquiera la ciencia del sueño moderna tiene ese origen espurio: cuando el investigador Nathaniel Kleitman —el hombre que en los años cincuenta describió por primera vez el sueño REM— documentó sus fuentes de financiamiento, aparecen el Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos, la Universidad de Chicago y, curiosamente, el fabricante de Ovaltine. Ninguna fabricante de colchones.
Lo que sí cambió: la forma de la noche, no su duración
Aquí es donde la historia se vuelve más interesante que el mito que la sustituyó. El historiador Roger Ekirch, de Virginia Tech, pasó años revisando diarios, actas judiciales, obras de teatro y manuales médicos de la Europa preindustrial —desde Chaucer hasta procesos judiciales del siglo XVII— y encontró más de quinientas referencias a un patrón de sueño que él bautizó "segmentado": la gente se acostaba poco después del anochecer, dormía un "primer sueño" de unas cuatro horas, despertaba durante una o dos horas de vigilia tranquila —a veces llamada simplemente "el velar"— en la que rezaba, conversaba, tenía relaciones sexuales o atendía animales, y después caía en un "segundo sueño" hasta el amanecer. Ekirch publicó estos hallazgos primero en un artículo académico y después en el libro At Day's Close: Night in Times Past (2005), que sigue siendo la referencia central del tema.
La pregunta obvia es si esto era una curiosidad cultural o una respuesta biológica real a la ausencia de luz artificial. En los años noventa, el psiquiatra Thomas Wehr, entonces en el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, sometió a un grupo de voluntarios sanos a un experimento simple: en vez de sus dieciséis horas habituales de luz y ocho de oscuridad, los expuso a solo diez horas de luz y catorce de oscuridad total, replicando las noches largas de invierno antes de la electricidad. Durante las primeras noches los sujetos durmieron once horas seguidas —probablemente saldando una deuda de sueño acumulada—, pero hacia la cuarta semana el patrón se había estabilizado en dos bloques de sueño de tres a cinco horas cada uno, separados por una o dos horas de vigilia tranquila asociada a un pico de melatonina. Es, básicamente, el mismo patrón que describió Ekirch en los archivos históricos, reproducido en un laboratorio moderno con solo cambiar la cantidad de oscuridad disponible.
El giro incómodo: nuestros ancestros no dormían más que nosotros
Hasta aquí, la narrativa parece apuntar hacia una conclusión reconfortante: la industrialización nos robó un sueño más natural y más largo, y bastaría con "reconectar" con ese ritmo ancestral para dormir mejor. Es la lectura que domina buena parte del contenido de bienestar sobre el tema. El problema es que la evidencia más reciente la complica bastante.
En 2015, el neurocientífico Jerome Siegel, de UCLA, publicó en la revista Current Biology un estudio que monitoreó con sensores de actividad —similares a un reloj inteligente— a 94 personas de tres comunidades cazadoras-recolectoras y horticultoras que hoy en día viven sin electricidad ni relojes: los hadza de Tanzania, los san ju/'hoansi de Namibia y los tsimané de Bolivia. Durante 1,165 noches de registro, el hallazgo fue que estas poblaciones duermen en promedio entre 5.7 y 7.1 horas por noche —menos, no más, que el promedio de un adulto en un país industrializado—, y que permanecen despiertas un promedio de tres horas y veinte minutos después de la puesta del sol antes de dormirse. "Es absolutamente claro que no duermen más que nosotros", resumió Siegel a la prensa cuando se publicó el estudio.
Esto no invalida el trabajo de Ekirch ni el experimento de Wehr —ambos documentan con solidez que el sueño puede fragmentarse quirúrgicamente en ausencia de luz artificial—, pero sí desarma la versión más vendible del mito: la idea de que existió una edad dorada preindustrial de sueño abundante que la modernidad nos arrebató. Lo que cambió no fue tanto la cantidad total de horas de descanso, sino su forma: de un bloque partido en dos con una vigilia ritual en medio, a un bloque continuo comprimido por la disciplina del reloj de fábrica y, después, por el foco incandescente.
La disciplina del turno, no la publicidad, aplanó la noche
Si no fue una campaña de marketing, ¿qué provocó la transición del sueño segmentado al sueño continuo que hoy consideramos normal? La respuesta más sólida combina dos fuerzas que sí son parte de la misma historia económica que estudiamos en este espacio cada semana: la iluminación artificial —primero de gas, después eléctrica— que corrió el reloj biológico y volvió más barato quedarse despierto después del anochecer, y la disciplina del trabajo fabril, que exigía llegar descansado a un turno de horario fijo en vez de administrar el propio tiempo de sueño según la estación del año. El "velar" de medianoche —ese espacio de una hora para rezar, conversar o tener sexo— no encajaba en un mundo organizado alrededor del silbato de la fábrica. No hizo falta una conspiración de colchones para eliminarlo: bastó con que se volviera económicamente incompatible con la forma en que se empezó a organizar el trabajo asalariado a partir de finales del siglo XIX.
Por qué el mito del vendedor de colchones sobrevive de todos modos
Hay algo revelador en que la versión falsa —"una empresa te vendió la mentira de las ocho horas para venderte colchones"— circule más que la versión verificable —"un movimiento obrero del siglo XIX propuso las ocho horas como límite de dignidad laboral, y la industria del sueño simplemente aprovechó una cifra que ya estaba instalada culturalmente". La primera tiene villano, motivo e ironía barata (el mismo negocio que se beneficia de la norma la habría inventado). La segunda es una historia sobre organización obrera y sobre cómo la tecnología reconfigura la biología, que es un argumento bastante menos jugoso para un video de treinta segundos.
Y sin embargo la segunda historia es la que tiene algo que decir sobre el presente: hoy existe una industria del sueño —colchones inteligentes, anillos que miden fases de descanso, aplicaciones de "sleep coaching", suplementos de melatonina— que factura miles de millones de dólares anuales vendiendo la promesa de optimizar algo que, según la evidencia disponible, nunca tuvo una edad de oro que recuperar. La pregunta que vale la pena hacerse no es si nos mintió un vendedor de colchones en 1938, sino qué nos está vendiendo la industria del sueño de 2026 con el mismo mecanismo: tomar una ansiedad genuina —dormir mal en un mundo de pantallas y turnos irregulares— y ofrecer como solución un producto, en vez de una pregunta más incómoda sobre cómo organizamos el tiempo.
Fuentes
- Segmented Sleep in Preindustrial Societies — Roger Ekirch, investigación académica sobre sueño segmentado
- Segmented Sleep — Harper's Magazine, ensayo de A. Roger Ekirch
- Ancient Sleep in Modern Times — Scientific American, sobre el experimento de Thomas Wehr en el NIMH
- Sleep time in hunter-gatherer groups on low end of scale — Science News, sobre el estudio de Jerome Siegel (UCLA)
- People Without Electricity Don't Get 8 Hours' Sleep Either — National Geographic, cobertura del estudio en hadza, san y tsimané
- Our ancestors probably didn't get 8 hours a night, either — UCLA Newsroom
- A brief history of the 8-hour workday — CNBC, sobre el origen de la consigna de Robert Owen en 1817
- Eight-hour day movement — Wikipedia, contexto histórico del movimiento por la jornada de ocho horas
A. Roger Ekirch, At Day's Close: Night in Times Past, 2005.