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La Fed subió tasas por primera vez en tres años, y el negocio que más rápido sintió el golpe fue apostarle al peso mexicano

El Comité Federal de Mercado Abierto votó por unanimidad, el 16 de septiembre, elevar su tasa de referencia a un rango de 3.75%-4%, la primera alza desde 2023, con un mapa de proyecciones que anticipa al menos una subida adicional este año. El peso mexicano, que llevaba meses defendiendo la barrera de los 17 pesos por dólar gracias al diferencial de tasas frente a Estados Unidos, perdió terreno de inmediato.

Dieciocho votos a favor, cero en contra. Así aprobó el Comité Federal de Mercado Abierto, el miércoles 16 de septiembre, la primera alza de tasas de interés en Estados Unidos desde julio de 2023, llevando su tasa de referencia a un rango de 3.75% a 4.00%. La unanimidad importa tanto como la decisión misma: es la primera vez en tres años que ningún miembro del comité disiente, una señal de consenso interno que llega justo cuando la Casa Blanca había desplegado, en los días previos, una campaña de presión pública para que la Fed hiciera exactamente lo contrario. El mercado que reaccionó primero y con más claridad a esa decisión no fue, sin embargo, el de bonos ni el de acciones estadounidenses: fue el tipo de cambio del peso mexicano, que revirtió sus ganancias matutinas y cerró la sesión con una depreciación de 0.6%, tocando un máximo de 17.267 pesos por dólar.

Un mecanismo más simple de lo que el titular sugiere

La reacción del peso no requiere una explicación compleja de flujos de capital global ni de percepción de riesgo país: responde a un mecanismo de arbitraje de tasas de interés relativamente directo, conocido como carry trade, que ha sido el pilar más importante —aunque menos discutido en el debate público— de la fortaleza del peso mexicano durante buena parte de este año. La lógica es sencilla: si un inversionista institucional puede pedir prestado en dólares a una tasa baja y colocar ese capital en instrumentos denominados en pesos que pagan una tasa considerablemente más alta, capturando la diferencia como ganancia, ese flujo de capital hacia México sostiene la demanda de pesos y, con ella, el tipo de cambio. Ese diferencial —la distancia entre la tasa de Banxico y la tasa de la Fed— funciona como el precio al que el mercado está dispuesto a pagar por asumir el riesgo cambiario de mantener posiciones en pesos. Cuando la Fed sube y Banxico no se mueve, esa distancia se acorta automáticamente, sin que nada haya cambiado en los fundamentales domésticos mexicanos: ni la inflación, ni el crecimiento, ni la disciplina fiscal. Es, en ese sentido, uno de los mecanismos financieros donde el tipo de cambio de un país puede moverse de forma significativa por una decisión tomada íntegramente en otro.

Por qué 250 puntos base ya no es el colchón que solía ser

Con el alza del miércoles, el diferencial entre la tasa de referencia de Banxico, en 6.50%, y la nueva tasa de la Fed se comprimió a 250 puntos base, el margen más estrecho en meses. Ese número por sí solo no dice mucho sin contexto: un diferencial de 250 puntos base sigue siendo, en términos históricos, un colchón razonable para sostener flujos de carry trade hacia el peso. Lo que sí cambia la lectura es la dirección del movimiento y las expectativas hacia adelante: el propio mapa de proyecciones de la Fed, publicado el mismo miércoles, muestra que 16 de los 18 miembros del comité anticipan al menos una subida adicional antes de que termine el año, con cuatro de ellos proyectando dos alzas más. Banxico, mientras tanto, ha señalado de manera consistente en sus comunicados recientes —incluida la minuta de su reunión de agosto— que considera apropiado mantener su tasa sin cambios en lo que resta de 2026. Si ese escenario se materializa tal como ambos bancos centrales lo han comunicado, el diferencial que hoy es de 250 puntos base podría estrecharse todavía más antes de que termine el año, reduciendo de forma progresiva el atractivo relativo de apostar por el peso frente al dólar, no por una decisión mexicana, sino por la trayectoria que Washington ya dejó anticipada.

El costo del crédito, convertido en tema de campaña electoral

La dimensión política de esta decisión, dentro de Estados Unidos, es tan relevante para cualquier análisis de negocio como su mecánica financiera. La decisión llega a menos de dos meses de las elecciones legislativas de mitad de mandato, y coloca al presidente de la Fed, Kevin Warsh —nombrado por el propio Trump apenas meses atrás— en una posición de discrepancia abierta con la Casa Blanca, que había presionado públicamente por una pausa o incluso un recorte. Warsh defendió la decisión con el argumento de que la economía estadounidense se encuentra en una fase de fortalecimiento que respalda "un regreso más oportuno" a la meta de inflación de 2%, una meta que, vale la pena recordar, la propia economía estadounidense lleva más de cinco años sin alcanzar de forma sostenida. Para cualquier negocio, en México o en Estados Unidos, esa disputa institucional deja de ser un tema de opinión política y se convierte en una variable de planeación financiera concreta: el costo del crédito ya se convirtió, de manera explícita, en uno de los ejes del debate electoral estadounidense de las próximas semanas, lo cual sugiere que la presión pública sobre la Fed —lejos de disminuir tras la decisión del miércoles— probablemente se intensifique conforme se acerque la fecha de la elección.

Lo que la decisión ya está moviendo en el crédito al consumo

El efecto de la subida de tasas sobre el crédito estadounidense no es una proyección a futuro: es un ajuste que comienza a materializarse en cuestión de semanas. La tasa preferencial —la referencia sobre la cual bancos y emisores de tarjetas fijan buena parte de sus productos de crédito al consumo— sube en proporción directa con la tasa de la Fed, y la mayoría de los tarjetahabientes estadounidenses verá su tasa subir un cuarto de punto en los próximos dos meses. El efecto sobre hipotecas es más matizado de lo que sugiere el titular: cerca de la mitad de las hipotecas vigentes en Estados Unidos están fijadas a tasas de 4% o menos, y casi una quinta parte por debajo de 3%, lo que protege a una porción considerable de los propietarios actuales de un ajuste inmediato, aunque encarece de forma directa cualquier compra nueva de vivienda, automóvil o cualquier bien de consumo financiado a partir de ahora. Del lado positivo, cualquier persona con ahorros colocados en instrumentos que rastrean la tasa de referencia —cuentas de ahorro de alto rendimiento, certificados de depósito— va a capturar, con cierto rezago, un rendimiento marginalmente mayor sobre ese capital.

Lo que este episodio revela sobre la fragilidad de una narrativa de fortaleza cambiaria

El peso mexicano llevaba semanas siendo tratado, en el discurso público y en buena parte del análisis financiero doméstico, como una moneda estructuralmente fuerte, capaz de resistir la barrera de los 17 pesos por dólar pese a la escalada geopolítica, el petróleo caro y la incertidumbre arancelaria documentados en semanas anteriores. Ese relato no era falso, pero sí incompleto: describía la resiliencia del peso sin explicar con suficiente claridad que una parte sustancial de esa fortaleza dependía de un diferencial de tasas que México no controla de forma unilateral, y que puede comprimirse en cuestión de horas por una decisión tomada en Washington. La reacción del miércoles —una depreciación inmediata de 0.6% ante la primera señal concreta de que ese diferencial se estrecha— es la prueba empírica de esa dependencia. No implica que el peso esté en riesgo de una depreciación descontrolada; implica que cualquier lectura de la fortaleza cambiaria mexicana que no incorpore de forma explícita la trayectoria de tasas de la Fed está construida sobre un supuesto —que el diferencial se mantendrá indefinidamente— que el propio mapa de proyecciones de la Reserva Federal ya puso en duda para lo que resta de este año.

La pregunta que le queda a Banxico

El siguiente movimiento en esta secuencia no depende de la Fed, sino de cómo responda Banxico a un entorno donde el diferencial que ha usado, en la práctica, como ancla del tipo de cambio se sigue estrechando sin que el banco central mexicano haya alterado su propia trayectoria de tasas. Mantener la tasa de referencia sin cambios, como Banxico ha señalado que planea hacer el resto del año, es defendible desde la lógica de su propio mandato doméstico —una inflación mexicana que todavía no converge a la meta de 3% no ofrece, por sí sola, argumentos para recortar—, pero esa decisión también implica aceptar, de manera implícita, que el diferencial seguirá comprimiéndose si la Fed ejecuta la subida adicional que su propio mapa de proyecciones ya anticipa. Ningún comunicado de Banxico ha sugerido, hasta ahora, que esté dispuesto a subir su propia tasa para defender ese diferencial de forma activa, lo cual deja al peso dependiendo, una vez más, de que otros factores —remesas, inversión extranjera directa, el propio apetito de riesgo global— compensen lo que el diferencial de tasas deja de ofrecer.

Fuentes

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