Opinión

"Creo en el Dios de Spinoza": la respuesta de Einstein a la pregunta que todos le hacían

En 1929, un rabino de Nueva York le preguntó a Einstein, por telegrama y pagando por palabra: "¿Cree usted en Dios?". La respuesta de Einstein convirtió a un filósofo excomulgado 273 años antes, Baruch Spinoza, en el nombre que la ciencia moderna sigue usando para hablar de lo divino sin hablar de un Dios que juzga ni interviene.

El 24 de abril de 1929, Albert Einstein recibió un telegrama del rabino Herbert S. Goldstein, de Nueva York. La pregunta era directa: "¿Cree usted en Dios?". Goldstein había pagado por una respuesta de hasta 50 palabras, después de que un cardenal católico de Boston declarara públicamente que la teoría de la relatividad conducía al ateísmo. Einstein respondió el mismo día, en alemán, con una sola oración que desde entonces se cita —en distintas traducciones al inglés y al español, todas fieles en sustancia— de esta forma: "Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía legal de todo lo que existe, pero no en un Dios que se ocupa de los destinos y las acciones de los seres humanos."

No fue una respuesta evasiva. Fue una cita filosófica precisa a un pensador específico, muerto 252 años antes, cuya idea de Dios era tan radical que lo había costado todo en su propia comunidad.

Quién era el Dios al que Einstein se refería

Baruch Spinoza nació en 1632 en Ámsterdam, hijo de una familia judía portuguesa que había huido de la Inquisición. A los 23 años, en julio de 1656, la comunidad judía de Ámsterdam lo excomulgó formalmente —un herem, la forma más severa de expulsión religiosa— por lo que el documento describe como "abominables herejías" y "actos monstruosos", sin detallar exactamente cuáles. Los historiadores coinciden en que el núcleo del problema era su concepción de Dios: Spinoza sostenía que Dios no es un ser personal que elige, juzga o interviene en el destino humano, sino que Dios y la naturaleza son, literalmente, la misma sustancia infinita y eterna —lo que formuló en la frase "Deus sive Natura", Dios o la Naturaleza—. Todo lo que existe, en su filosofía, es una expresión necesaria de esa única sustancia, gobernada por leyes tan inquebrantables como las de la física. No hay milagros posibles en ese esquema, porque un milagro sería una excepción a una ley que, por definición, no puede tener excepciones.

Esa idea era intolerable tanto para la ortodoxia judía como para la cristiana de su época. Spinoza pasó el resto de su vida ganándose el sustento como pulidor de lentes ópticas —un oficio que, según la explicación más aceptada, terminó dañándole los pulmones con el polvo de vidrio que respiraba a diario— y publicando poco en vida por temor a represalias mayores. Su obra principal, la Ética, se publicó el mismo año de su muerte, en 1677, cuando murió en La Haya a los 44 años. Poco después, sus libros fueron incluidos en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia Católica, y en 1678 el gobierno de Holanda prohibió la totalidad de su obra por contener, según el decreto, "proposiciones profanas, blasfemas y ateas". Durante más de dos siglos, "spinozista" fue prácticamente sinónimo de "ateo" en buena parte de Europa —aunque ese punto sigue siendo debatido entre filósofos actuales: muchos sostienen que Spinoza no era ateo sino panteísta, porque nunca negó la existencia de Dios, solo redefinió radicalmente qué es.

Por qué esa distinción le servía a Einstein

Cuando Einstein dijo que creía en el Dios de Spinoza y no en uno que "se ocupa de los destinos y las acciones de los seres humanos", estaba trazando exactamente esa misma línea: la diferencia entre un Dios que es sinónimo del orden matemático y necesario del universo —las leyes que hacen que la física funcione siempre igual, en todas partes— y un Dios personal que escucha plegarias, premia la virtud o castiga el pecado. Einstein no estaba inventando esa distinción para salir del paso con un rabino; estaba usando el vocabulario filosófico más preciso que existía, en 1929, para decir algo que de otra forma le habría tomado mucho más de 50 palabras explicar: que su asombro ante el orden del cosmos era genuino y profundo, pero que no incluía la idea de un Dios que interviene en la vida de las personas.

Una idea que sigue sin tener un nombre mejor

Casi cien años después del telegrama de Goldstein, "el Dios de Spinoza" sigue siendo la forma más eficiente que tiene el lenguaje para nombrar una postura específica: no el ateísmo que niega cualquier forma de lo divino, ni la religión que exige un Dios personal e interventor, sino algo intermedio —el asombro frente a que el universo tenga leyes, sea comprensible, y esas leyes no cambien nunca— al que mucha gente, científicos incluidos, sigue sin encontrarle un nombre propio. Spinoza se lo dio en 1677. Einstein, 252 años después, solo tuvo que citarlo.

Fuentes

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