2 de octubre no se olvida: lo que realmente pasó en Tlatelolco y por qué México sigue sin saber cuántos murieron
Hace 58 años, la tarde del 2 de octubre de 1968, el ejército mexicano y un batallón paramilitar encubierto abrieron fuego contra miles de estudiantes reunidos en la Plaza de las Tres Culturas, diez días antes de que México inaugurara los Juegos Olímpicos. El gobierno habló de 30 muertos. Nadie ha podido probar un número definitivo desde entonces, y nadie ha sido condenado por lo que pasó esa noche.
La tarde del 2 de octubre de 1968, cerca de 10,000 estudiantes y civiles se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Ciudad de México, para un mitin organizado por el Consejo Nacional de Huelga. Era, en teoría, una concentración de bajo perfil —una respuesta a la ocupación militar reciente de los campus de la UNAM y el Politécnico—, no una marcha masiva. Diez días después, México inauguraría los Juegos Olímpicos de 1968, los primeros celebrados en América Latina, y el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz estaba decidido a que nada empañara esa vitrina ante el mundo.
Esa decisión terminó en una de las peores masacres de Estado en la historia reciente de México.
Dos meses de represión que llegaron a esto
El movimiento estudiantil de 1968 no empezó como una confrontación con el Estado: nació de un choque entre estudiantes de preparatorias rivales en julio de ese año, que los granaderos —y después el ejército— respondieron con una fuerza desproporcionada, incluyendo la ocupación de planteles como la Preparatoria San Ildefonso, cuya puerta histórica de madera colonial fue volada con una bazuca. La represión transformó un pleito escolar en un movimiento amplio: el Consejo Nacional de Huelga (CNH) exigía la liberación de presos políticos, la desaparición del cuerpo de granaderos, la destitución de los jefes policiacos responsables de la violencia y el diálogo con un gobierno que llevaba casi cuatro décadas gobernando sin oposición real. Fue, hasta ese momento, el desafío público más claro al sistema autoritario de partido único que México había visto en el siglo XX.
Lo que pasó esa noche
Alrededor de las 6:10 de la tarde, se dispararon bengalas verdes al cielo sobre la plaza. Según testimonios posteriores —incluido el del capitán Ernesto Morales Soto—, esa fue la señal acordada para que las tropas sellaran las salidas de la plaza, dejando atrapada a la multitud.
El disparo que inició la masacre no vino de soldados uniformados, sino del Batallón Olimpia: una unidad paramilitar encubierta, integrada por militares y policías vestidos de civil, que se identificaban entre sí con un guante o pañuelo blanco atado en la muñeca izquierda para no dispararse entre ellos. Historiadores y testimonios de sobrevivientes coinciden en que el Batallón Olimpia abrió fuego primero desde los balcones y desde dentro de la propia multitud, en lo que se interpreta como una maniobra para simular que los estudiantes disparaban contra el ejército —y así justificar la respuesta—. Las tropas regulares, posicionadas alrededor de la plaza, respondieron disparando con armas automáticas contra la multitud y contra los edificios donde la gente buscaba refugio, incluido el Edificio Chihuahua, desde cuyo balcón los oradores habían estado dirigiéndose a la concentración minutos antes. Siguieron detenciones masivas; miles de personas fueron arrestadas, muchas golpeadas o torturadas en los días posteriores.
El número que México nunca pudo —o nunca quiso— confirmar
Aquí está el dato más incómodo de toda la historia: nadie sabe, con certeza, cuántas personas murieron esa noche. El gobierno de Díaz Ordaz habló oficialmente de alrededor de 30 muertos, una cifra que prácticamente ningún historiador serio acepta como completa. Cables diplomáticos desclasificados de las embajadas de Estados Unidos y Reino Unido, redactados en los días posteriores a la masacre, hablaron de entre 150 y 200 muertos. Historiadores y organizaciones de derechos humanos han documentado estimaciones de 200 a más de 300, y algunos recuentos no oficiales llegan hasta 400.
La razón de que exista ese abismo entre la cifra oficial y las estimaciones independientes no es un misterio académico: el gobierno controló la información desde el primer minuto, hay reportes de cuerpos retirados antes de que pudieran contabilizarse, y buena parte de los archivos originales del operativo se perdieron o fueron destruidos. La incertidumbre sobre el número de muertos no es un vacío neutral de la historia — es, en sí misma, una consecuencia directa de cómo el Estado mexicano decidió manejar lo ocurrido.
Una acusación de genocidio que nunca llegó a juicio
Luis Echeverría, secretario de Gobernación en 1968 y responsable directo de las fuerzas de seguridad, se convirtió en presidente de México apenas dos años después, en 1970, y gobernó hasta 1976. Décadas más tarde, en 2004, la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado —creada en 2001 durante el gobierno de Vicente Fox específicamente para investigar 1968 y la llamada Guerra Sucia— impulsó cargos de genocidio contra él, convirtiéndolo en el primer expresidente mexicano formalmente acusado de un delito de esa magnitud.
Los cargos nunca llegaron a una condena. En 2006 un juez federal los desechó, y en marzo de 2009 un tribunal de apelación confirmó esa decisión, argumentando que el plazo de prescripción de 30 años ya había vencido. Echeverría murió en 2022, a los 100 años, sin haber sido condenado por ningún tribunal. Hasta hoy, nadie ha sido penalmente responsabilizado por la masacre de Tlatelolco.
Por qué "2 de octubre no se olvida" sigue siendo una consigna, no solo un recuerdo
La frase que se repite cada año en las marchas de Tlatelolco al Zócalo no es nostalgia: es una denuncia activa de que la impunidad de 1968 nunca se resolvió del todo. Buena parte de la historiografía mexicana sostiene que la masacre, al exhibir con tanta crudeza el carácter autoritario del régimen priista, sembró el terreno para las primeras aperturas democráticas del país —entre ellas la reforma electoral de 1977, que empezó a permitir una oposición política real—, aunque esa relación se entiende mejor como parte de un proceso histórico más amplio que como una consecuencia mecánica y directa.
En 2018, para el 50 aniversario, la UNAM inauguró el Memorial del 68 dentro del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, en la misma torre que perteneció a la Secretaría de Relaciones Exteriores y que domina la plaza donde ocurrió la masacre: una exhibición permanente de más de 1,700 metros cuadrados, con cerca de 4,150 fotografías y documentos y 60 horas de audio. Es, junto con el trabajo documental del Comité 68 —la organización de sobrevivientes y familiares de víctimas—, el esfuerzo más sólido que existe hoy para preservar lo que pasó, ante la ausencia de una condena judicial que haga lo mismo desde la vía legal.
Cada año, a días de distancia del aniversario del 2 de octubre, México también conmemora la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, ocurrida el 26 de septiembre de 2014. No son el mismo hecho ni comparten una causa directa, pero ambos casos comparten algo que las marchas de cada octubre insisten en señalar: violencia de Estado contra estudiantes, una verdad oficial incompleta, y una impunidad que, medio siglo después en un caso y más de una década en el otro, sigue sin resolverse.
Fuentes
- Tlatelolco massacre — Wikipedia
- Batallón Olimpia — Wikipedia
- Mexican Movement of 1968 — Wikipedia
- Before the World Arrived — Jacobin
- Remembering the Tlatelolco student massacre of 1968 — Mexico News Daily
- Mexico: The Tlatelolco massacre, 50 years on — Al Jazeera
- Ex-Mexico leader cleared of genocide charges — NBC News
- Echeverría's Legacy of "Co-opt and Control" — National Security Archive
- Memorial del 68 — Wikipedia
- Centro Cultural Universitario Tlatelolco — UNAM